Daniela Mardones, académica de Vinculación con Medio. Terapia Ocupacional
Universidad San Sebastián.
Las celebraciones de fin de año se asocian con la alegría, con encuentros familiares y con rituales compartidos. Y para muchas personas, los fuegos artificiales representan un momento de emoción relacionado con estas conmemoraciones. Sin embargo, esta tradición, tan arraigada, no se vive de la misma manera por todos, porque para un número importante de personas, estas manifestaciones pueden transformarse en experiencias de alto estrés, miedo e incluso, dolor físico.
Para personas neurodivergentes, como quienes se encuentran dentro del espectro autista, presentan TDAH, epilepsia fotosensible o una alta sensibilidad sensorial, la pirotecnia no es solo ruido o luz, es una sobrecarga intensa para su sistema nervioso. Los sonidos explosivos, repentinos e impredecibles, junto con destellos luminosos fuertes, pueden resultar abrumadores y difíciles de procesar. Esta experiencia no responde a una falta de tolerancia ni a una exageración por parte de la persona, sino a una forma distinta de percibir y responder al entorno.
“Frente a esta realidad, acompañar a nuestros seres queridos implica reducir la entrada sensorial, brindar apoyo emocional y aumentar la predictibilidad del evento, ofreciendo distintas alternativas para que cada persona pueda vivir las celebraciones de una manera más segura y tranquila”.
Los efectos pueden ser diversos y profundos. En muchas personas se observan crisis de ansiedad, pánico, desregulación emocional, miedo intenso, llanto incontenible o conductas de evitación. En algunos casos, el impacto es físico: dolor auditivo, náuseas, taquicardia o agotamiento extremo posterior. En personas con epilepsia fotosensible, los destellos intermitentes pueden incluso aumentar el riesgo de una crisis convulsiva. La imprevisibilidad de los fuegos artificiales, no saber cuándo ni dónde ocurrirá la próxima explosión, incrementa la sensación de amenaza y pérdida de control, prolongando el malestar más allá del momento puntual de la celebración.
Frente a esta realidad, acompañar a nuestros seres queridos implica reducir la entrada sensorial, brindar apoyo emocional y aumentar la predictibilidad del evento, ofreciendo distintas alternativas para que cada persona pueda vivir las celebraciones de una manera más segura y tranquila. Avisar con tiempo, explicar lo que ocurrirá, permitir el uso de audífonos con cancelación de ruido, evitar la exposición directa a los destellos, utilizar gafas tintadas u oscuras o una gorra con visera para disminuir el brillo, contar con un espacio tranquilo al que la persona pueda retirarse cuando se sienta sobrepasada y respetar las señales de malestar, son acciones simples que pueden marcar una gran diferencia. Lo fundamental es no forzar a la persona a permanecer expuesta si lo está pasando mal.
Al finalizar el evento, también resulta clave ayudar a contrarrestar la sobrecarga sensorial mediante estímulos de regulación, como la presión profunda o la propiocepción, utilizando chalecos con peso, mantas pesadas, alimentos crujientes o chicle para estimulación oral, pelotas antiestrés, así como técnicas de relajación sencillas, como la respiración profunda o prácticas breves de mindfulness.
Es importante repensar nuestras formas de celebrar, explorando opciones que pongan el acento en el encuentro, el sentido simbólico y la convivencia. Celebrar sin hacer daño también es una forma de cuidado. Y cuidar, especialmente en fechas significativas, es un acto profundamente humano y amoroso a nuestros seres queridos.

