
Aunque el descanso esté agendado, la mente sigue en la oficina. La hiperconectividad, una cultura laboral continua y efectos neurobiológicos explican por qué para muchos, dejar de trabajar no significa realmente descansar.
Tomar vacaciones no siempre equivale a desconectarse. En Chile, el descanso convive cada vez más con el correo abierto, el celular a la vista y la sensación de que “algo quedó pendiente”. Así lo confirman cifras recientes del estudio Vacaciones 3.0 de Laborum: el 51% de los trabajadores asegura que no logra desconectarse completamente de sus tareas laborales durante las vacaciones, mientras que un 33% siente ansiedad si no revisa su correo o teléfono de trabajo, incluso en días libres.
Más aún, el 15% declara sentir culpa al disfrutar su descanso, como si desconectarse fuera una falta y no un derecho. Un escenario que tensiona la salud mental y que, según especialistas, tiene raíces más profundas que la sola voluntad individual.
Una sociedad que funciona “en modo continuo” Para el psiquiatra Vicente Aliste, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Las Higueras de Talcahuano y académico de la Facultad de Medicina de la UCSC, la dificultad para desconectarse responde a un proceso de adaptación prolongado. “Estamos acostumbrados y formateados biológica, pero sobre todo, culturalmente, a funcionar en un sistema continuo”, explica.
A diferencia de décadas anteriores, cuando el trabajo estaba acotado a horarios más claros y a pausas socialmente compartidas –como el cierre del comercio a la hora de almuerzo- hoy la hiperconectividad y la extensión de las jornadas han ido borrando el límite entre el tiempo productivo y el tiempo personal. “Ya no existe ese quiebre entre trabajo y descanso. Todo sigue funcionando, y nosotros también”, explica Aliste.
En ese escenario, el trabajo deja de percibirse como una experiencia con principio y fin. Muchas personas cumplen tareas fragmentadas, envían correos, gestionan procesos o responden requerimientos, pero no alcanzan a ver el resultado final de su esfuerzo. El foco ya no está en lo que se logra, sino en mantenerse activo dentro de una cadena que no se detiene. “Es como un hámster en una ruedita: produces, avanzas, pero no paras ni ves el resultado”, grafica el especialista. Dice que esta dinámica es la que dificulta cortar el ritmo y pasar, de manera consciente, al descanso.
Un choque para el cuerpo y la mente Desde el punto de vista neurobiológico, el problema no se resuelve simplemente “apagando el computador”. Aliste advierte que el cuerpo necesita tiempos de adaptación. “Pasar de un día para otro de jornadas intensas a un descanso total es como un jet lag”, afirma.

Por eso, recomienda periodos de vacaciones más largos, especialmente en el primer descanso del año, y una preparación progresiva previa. “No funciona bien eso de mandar el último correo y ponerse inmediatamente las chalas”, dice. Reducir la carga laboral antes de salir, ordenar pendientes y bajar el ritmo de manera gradual permite que el descanso sea realmente reparador.
Ansiedad, insomnio y alertas que no conviene ignorar Mantenerse siempre en “modo trabajo” tiene efectos concretos sobre la salud mental. El principal es la ansiedad, que deja de ser una respuesta puntual y se vuelve permanente. “La ansiedad te mantiene hipervigilante, hiperconectado, y eso genera un círculo vicioso”, explica el especialista.
Entre las primeras señales de alerta aparecen la reducción del tiempo personal, el abandono de actividades recreativas y los conflictos con el entorno cercano por la incapacidad de desentenderse de las responsabilidades laborales, por ejemplo, durante momentos que debieran estar dedicados a la familia.
Cuando el problema avanza, surgen síntomas más severos: insomnio, irritabilidad, cansancio constante, crisis de ansiedad y una dependencia marcada del teléfono o el computador. “Ahí ya hablamos de banderas rojas, que indican la necesidad de consultar a un profesional”, advierte Aliste.
El rol de las empresas y el derecho a desconectar En Chile, la Ley 21.220, que regula el teletrabajo, reconoce el derecho a la desconexión digital por al menos 12 horas continuas. Sin embargo, esta protección no alcanza a todos los trabajadores, especialmente, a quienes desempeñan labores presenciales.
Para Aliste, las organizaciones cumplen un rol clave. Fomentar culturas laborales amables, evitar el contacto fuera de horario, respetar pausas, asegurar condiciones mínimas de descanso y, en algunos casos, bloquear el envío de correos después de la jornada, son prácticas que ayudan a cortar la hiperconexión. “Trabajar lo que corresponde y no más es una medida de salud mental”, resume.
Agrega que en una sociedad que no se detiene, aprender a desconectarse no depende solo de la fuerza de voluntad individual. Requiere cambios culturales, organizacionales y también biológicos. “No es que a las personas les falte disciplina para descansar; es que estamos formateados para funcionar en modo continuo”, indica. Eso, porque mientras el trabajo siga extendiéndose más allá de los horarios formales y la hiperconectividad marque el ritmo de la vida cotidiana, el descanso seguirá siendo un espacio frágil, tensionado y, para muchos, más una promesa que una experiencia real.

