Denisse Álvarez S. Investigadora Centro Bahía Lomas Coordinadora Nacional del Programa Doctorado en Conservación y Gestión de la Biodiversidad Facultad de Ciencias UST.

En un escenario de escasez hídrica, la reforestación suele presentarse como una de las soluciones al problema del agua, instalándose la idea de que plantar árboles permitiría recuperar los caudales de los ríos y asegurar la disponibilidad hídrica. Sin embargo, la relación entre cobertura vegetal y agua es más compleja.

A escala regional, la evidencia muestra que esta relación no es lineal ni genérica, ya que sus efectos dependen del tipo de vegetación, de las características del territorio y del tiempo de intervención.

En este marco, no todos los árboles funcionan igual desde un punto de vista hidrológico. No es lo mismo una reforestación con especies nativas que una forestación con fines productivos. Si bien las plantaciones exóticas se caracterizan por una alta densidad y rápido crecimiento, su estructura simplificada, menor diversidad y alto consumo hídrico limitan su aporte a la regulación del agua. En contraste, los procesos de restauración con bosque nativo siguen trayectorias ecológicas más complejas, que favorecen la infiltración, el almacenamiento de agua en el suelo y la regulación de la escorrentía superficial.

La evidencia científica disponible para la zona central y sur de Chile indica que los bosques nativos contribuyen principalmente a la regulación hídrica, más que al aumento inmediato de los caudales. Estudios realizados en cuencas pequeñas y medianas muestran mejoras en la infiltración, una mayor retención de agua en el suelo, la reducción de la escorrentía superficial y una mayor estabilidad de los caudales, especialmente, durante los periodos secos. En contraste, las plantaciones exóticas presentan tasas más altas de evapotranspiración y tienden a reducir la disponibilidad de agua superficial y los caudales base, efectos que se intensifican en climas mediterráneos y bajo condiciones de sequía prolongada.

Un aspecto, a menudo invisibilizado, es el rol del suelo en la regulación hídrica. La reforestación nativa no actúa primero sobre el río, sino sobre el suelo, mediante la recuperación de su estructura, porosidad y contenido de materia orgánica, lo que incrementa su capacidad de almacenar agua y liberarla de forma gradual. Este proceso permite amortiguar eventos hidrológicos extremos y sostener los caudales durante periodos secos, pero se desarrolla lentamente y requiere estabilidad en el tiempo. En consecuencia, los beneficios hidrológicos del bosque nativo no se expresan en el corto plazo, por lo que evaluarlos en horizontes de tres o cinco años no se condice con los tiempos ecológicos de estos ecosistemas. La evidencia muestra respuestas lentas, no lineales y fuertemente condicionadas por el contexto climático, particularmente bajo

escenarios de megasequía.

Desde esta perspectiva, la reforestación nativa no puede ni debe entenderse como una medida de emergencia hídrica. Su principal aporte se manifiesta en procesos de regulación que fortalecen la estabilidad hidrológica y la resiliencia de las cuencas a lo largo del tiempo. Su valor como estrategia de adaptación al cambio climático se potencia cuando se articula con la protección de bosques existentes, la conservación de las cabeceras de las cuencas, la restauración de riberas y humedales, y un ordenamiento territorial que incluya el funcionamiento hidrológico de las cuencas.

Incorporar esta evidencia en las políticas públicas de restauración forestal requiere seguir avanzando hacia una planificación integral, a escala de cuenca que considere los usos del territorio y los tiempos ecológicos propios de los procesos ecológicos que se busca recuperar.