
Para el pueblo mapuche, el agua no es un recurso. El agua es vida. Es parte de nuestro cuerpo, de nuestra espiritualidad y de nuestra forma de entender el mundo. Sin agua no hay lawen, no hay alimento, no hay equilibrio. Por eso cuando hoy Chile se habla de crisis hídrica, para nosotros no es una novedad: es una herida antigua que nunca se quiso mirar con respeto.
El agua está en todo lo que hacemos. Sirve para cocinar, para limpiar, para regar los huertos, pero también para sanar. Nuestros machis y nuestros lawentuchefes preparan el lawen, el remedio, con agua de ríos, vertientes, cascadas y trayenkos. No cualquier agua. Son aguas distintas, con fuerzas distintas. Entonces, si no hay agua limpia y viva, no hay medicina. Y si no hay medicina, el pueblo se enferma.
Esta relación con el agua me la enseñó mi madre. Ella fue sacada del campo cuando tenía 14 años. Vivimos el despojo territorial en la ciudad, lejos de la tierra donde nacieron nuestras prácticas y saberes. Aun así, esa enseñanza no se perdió. Se transmite en la palabra, en el gesto, en el respeto, porque el agua no se toma sin permiso. Se le habla, se le explica para qué se usará. No es un símbolo vacío: es una forma de entender que no somos dueños de la naturaleza, sino que somos parte de ella.
Desde nuestra cosmovisión, cuando un río se seca o una vertiente se daña, no es solo un problema técnico. Se enferma el ngenko, el dueño del agua. Y cuando el agua se enferma, todo se desarma: la tierra se seca, las piedras quedan al aire, la erosión avanza y los seres vivos se van. Eso es lo que hoy vemos en muchos territorios del país.
La crisis del agua no cayó del cielo. Tiene responsables claros. Los monocultivos plantados donde no corresponde, incluso en cuencas donde nace el agua, han secado ríos y napas subterráneas. Las grandes empresas no llegan de manera amigable a los territorios. Llegan con papeles, con permisos, pero sin diálogo real. Y cuando el Estado nos convoca a conversar, no quiere escuchar de espiritualidad. Pero los pueblos hablamos desde ahí. Hablamos con la memoria de nuestros mayores y con la responsabilidad hacia quienes vienen después. Sin embargo, nuestras palabras casi nunca se consideran en serio. Se nos escucha solo para cumplir un trámite.
Las intervenciones a los ríos son un ejemplo claro. No se deberían modificar los cauces ni abrir nuevos caminos por donde el agua siempre ha corrido. Cada vez que se hace, el río termina reclamando lo suyo. Las inundaciones que vemos no son casualidad: el agua vuelve a su cauce original. Pero nadie quiere asumirlo.
Mi llamado es simple: antes de intervenir un territorio, hay que sentarse a conversar al mismo tiempo con el Estado y con los pueblos. Escuchar de verdad. No hacer oídos sordos. Cuidar el agua no es una idea romántica ni un discurso indígena: es una condición básica para que la vida continúe en este país largo y angosto llamado Chile. Sin agua, no tenemos nada.



