
Esta ceremonia es uno de los rituales republicanos más antiguos y simbólicos de la política chilena. Más que una ceremonia protocolar, representa la continuidad democrática y la transferencia legítima del poder. Y aunque hoy se realiza con una puesta en escena conocida por la ciudadanía, su historia está marcada por tradiciones, cambios de fecha, traslados inesperados e incluso mitos políticos.
La costumbre de que el presidente asuma ante el Congreso Nacional se remonta a 1826. Ese año, el Parlamento decidió establecer formalmente la figura de la Presidencia de la República, dejando atrás la etapa del Director Supremo. En ese contexto asumió Manuel Blanco Encalada, que se transformó así en el primer mandatario bajo esta nueva institucionalidad.
Desde entonces, el juramento presidencial ante el Congreso quedó instalado como un principio republicano: el jefe de Estado recibe el poder en representación de la ciudadanía, ante los legisladores que encarnan la soberanía popular.
No se trata solo de un gesto simbólico. La historia política chilena muestra una fuerte conexión entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo. De acuerdo con datos de la Biblioteca del Congreso Nacional, cerca del 90% de los presidentes del país han tenido trayectoria parlamentaria antes de llegar a La Moneda, lo que refleja la estrecha relación histórica entre ambas instituciones.
Cambios de fecha y ceremonias fuera del CongresoAunque hoy el cambio de mando se realiza el 11 de marzo, no siempre fue así. Durante gran parte del siglo XIX la ceremonia coincidía con el 18 de septiembre, en plena celebración de las Fiestas Patrias.
Más tarde, la Constitución de 1925 trasladó la investidura al 23 de diciembre, lo que generó un desfase con los periodos parlamentarios. Entre 1946 y 1970 los presidentes asumieron el 3 de noviembre, mientras que el Congreso iniciaba su actividad el 21 de mayo.

La tradición también tuvo que adaptarse a circunstancias extraordinarias. En 1895, un incendio destruyó gran parte del edificio del Congreso en Santiago, por lo que la investidura del presidente Federico Errázuriz Echaurren se realizó en la Casa Central de la Universidad de Chile. Algo similar ocurrió tras el terremoto de 1906, cuando la ceremonia tuvo que trasladarse al Colegio Sagrados Corazones de Alameda.
La piocha, la banda y los mitos del poderEl cambio de mando también está marcado por símbolos que refuerzan su dimensión histórica. El más importante es la piocha de O’Higgins, insignia que representa la continuidad del poder republicano.
La pieza original se perdió tras el bombardeo al Palacio de La Moneda en 1973, por lo que desde el retorno a la democracia se utiliza una réplica. Con el paso del tiempo, la piocha también ha dado origen a mitos políticos. Una de las historias más repetidas sostiene que si la insignia cae durante la ceremonia, el gobierno podría enfrentar un periodo difícil, una superstición que algunos vinculan a episodios ocurridos durante los mandatos de José Manuel Balmaceda y Arturo Alessandri Palma.
Junto a la piocha, otro símbolo central es la banda presidencial. A diferencia de la primera, cada mandatario encarga la confección de su propia banda, pero es durante la ceremonia ante el Congreso cuando adquiere oficialmente su carácter de insignia del poder ejecutivo.
La última investidura donde la pandemia cruzó la jornadaLos cambios de mando recientes también han estado marcados por el contexto del país. El traspaso presidencial de 2022, cuando Sebastián Piñera entregó el poder a Gabriel Boric, se realizó bajo estrictas medidas sanitarias debido a la pandemia de COVID-19.

La ceremonia se desarrolló en el Salón de Honor del Congreso Nacional en Valparaíso con un aforo reducido de cerca de 500 invitados. Además, se limitaron las comitivas oficiales y se establecieron protocolos especiales para el ingreso de las autoridades.
A pesar de esas restricciones, el acto mantuvo su estructura tradicional: el Congreso pleno dio lectura al acta del Tribunal Calificador de Elecciones, el presidente electo prestó juramento ante la presidencia del Senado y luego recibió la banda presidencial y la piocha de O’Higgins, símbolos del traspaso del poder.

