
Este reportaje recoge las vivencias de cuatro chilenos que crecieron en una época donde amar fuera del estándar era oculto, prohibido y hasta castigado. Sus historias muestran afectos y resistencia en un tiempo sin reconocimiento ni espacios públicos para una orientación sexual distinta. Juntas, estas narraciones reconstruyen fragmentos de una historia silenciada.
Por Antonia Díaz Hernández.
Durante la conmemoración del Día Internacional del Orgullo 2025, en junio pasado, miles de personas se unieron a las marchas que se organizaron en distintas ciudades del país. Las calles se tiñeron con los colores del arcoíris, símbolo de una diversidad que hoy se celebra abiertamente, pero que en el pasado se tuvo que vivir a escondidas, muy lejos de la mirada pública.
Bien lo saben Gustavo, Iván, Ricardo y Jorge, los cuatro -con varias décadas de vida a sus espaldas- crecieron en un tiempo en que la homosexualidad era silenciada y castigada con dureza.
Sus recuerdos, recogidos en este reportaje, son una vívida muestra de cómo era vivir en un contexto marcado por el silencio, el miedo y la exclusión. A través de sus experiencias -desde su niñez hasta la edad adulta- reconstruimos aquellos años y el camino que siguieron para aceptarse y hacerse visibles.
“¿Por qué soy así?” El descubrimiento de su homosexualidad no llegó acompañado de respuestas ni de contención. Por el contrario, para Gustavo Hermosilla (69 años), este fue un proceso marcado por la soledad, el desconcierto y, sobre todo, el temor.
Cuenta que estaba en enseñanza básica cuando empezó a darse cuenta de que se sentía atraído por niños y no por niñas, como les sucedía los demás. Pero jamás se atrevió a compartirlo. A mediados de la década de los 60 en Chile, aquello era algo que no se podía manifestar públicamente, porque era, dice, “muy terrible”. “Incluso yo creía que era el único niño en el mundo al que le pasaba eso”, rememora.
Desde entonces, ese sentimiento empezó a manifestarse en él en forma de recriminaciones: “No dejaba de preguntarme, ¿por qué me pasó esto a mí? O ¿por qué soy así, diferente?”, recuerda.

Iván (75 años) -quien para este reportaje quiso mantener su verdadero nombre en reserva- recuerda haber atravesado por burlas y discriminaciones por ser “diferente” a los otros niños. Y por eso se esforzaba por no ser visto como alguien distinto: “Era tan terrible en esa época, que uno luchaba en contra de lo que sentía porque veía cómo la gente era perseguida y estigmatizada solamente por su condición sexual, entonces evitaba que se notara”. Trató de disfrazar su situación, tuvo pololas porque era lo aceptado socialmente. “Traté de ver por ahí, ¿qué pasa con esto? ¿Cómo me libro de esto? Después, bueno, toca aceptar no más”. Por eso se dice que es una condición. “Condición es índole o propiedad de algo. Que está con uno”.
Otros, como Ricardo (80 años), quién también solicitó utilizar un nombre ficticio, aprendieron a vivir con máscaras. Nació en la década del 50, y su juventud se desarrolló en un entorno que describe como “otro mundo”: “Todo tapado, todo oscuro, todo prohibido”. Pasó varios años tratando de convencerse de algo que no era. “Durante mucho tiempo, en la adolescencia y después casi en la madurez también, yo llevé una vida doble. Era bisexual. Pero ahora no. A esta altura de la vida ya no, ya eso pasó, ya sé que no es así”, señala.
Para Jorge Pantoja, psicólogo de 67 años -quien hoy se reconoce como bisexual-, todo este proceso fue más bien tardío. Se crió en Venezuela, hasta donde llegó con su familia, exiliada por la dictadura militar chilena. “Allá todo era más abierto que en Chile, menos rígido, con menos juicio sobre la sexualidad… pero, aun así, mi proceso llegó bien tarde”, sostiene.
Desde la iglesia hasta el Servicio Militar Cada uno a su manera, cada uno en su contexto, los cuatro testimonios de este reportaje recurrieron durante su pasado a diferentes estrategias para ocultar su homosexualidad: algunas fueron decisiones conscientes, otras, en cambio, simples mecanismos de supervivencia. Gustavo recuerda: “En mi generación, muchas personas sucumbieron a la presión social: tuvieron pololas, se casaron y formaron familia”. Él, no obstante, buscó refugio en el desempeño escolar y en el liderazgo estudiantil: “Participaba en todo lo que fuera necesario. Donde hubiese que hacer cosas, ahí estaba yo, para que mis amigos y mis compañeros se fijaran en eso y no en otros rasgos de mi personalidad”, explica.
Iván, por su parte, intentó con algo mucho más drástico: el Servicio Militar, “porque con eso uno como que ya desincentivaba la duda. Era una estupidez, pero con este acto se mandaba un mensaje a los demás”.
La iglesia fue el refugio para Ricardo, aunque no por fe, sino por culpa: “Resulta que cuando chico, justamente por estas inclinaciones que tenía, que eran oprobiosas, me acerqué mucho a la iglesia, creo que, por culpa, porque me decía, esto hay arreglarlo. Corregirlo. Este clavo hay que enderezarlo”.

Como todos reconocen, asumir la homosexualidad fue difícil, pero decirlo en voz alta fue otra historia para la que ninguno estaba preparado. Gustavo tardó 18 años en pronunciarlo, lo hizo con un adulto de confianza: su profesor del colegio durante la gira de estudios de su curso. La respuesta, sin embargo, reflejó la desinformación que respecto del tema existía en aquella época. “Claramente, él no tenía las herramientas como para ayudar a un joven que le estaba manifestando que era homosexual, entonces reaccionó muy erróneamente. Me dijo, ‘Gustavo, ¿te gusta alguna niña del curso? ¿Hagamos un ensayo de declaración para que se lo digas?’, o sea, él no entendió nada. Desde ahí pasaron muchos años para que me decidiera a hablar nuevamente del tema”, reconoce.
El caso de Iván fue distinto. Reconoce que nunca necesitó decirlo en voz alta a los suyos. Su familia siempre lo intuyó, y con el tiempo se estableció una forma de quererse donde no hacían falta explicaciones. Aunque mantiene una relación cercana y cariñosa con ellos, el tema de su homosexualidad jamás lo ha tocado con ellos.
Comunidad: un lugar seguro Con el tiempo, en plena dictadura militar, y con su orientación sexual asumida, mas no necesariamente revelada, comenzaron a observar cómo en Chile surgían espacios donde los cuerpos y las palabras podían liberarse sin problemas ni cuestionamientos, aunque fuera en la clandestinidad. Eso fue un paso previo para continuar con el activismo que algunos siguieron.
“Era difícil salir del clóset, o sea, nadie lo hacía y, sin embargo, igual existían lugares donde se reunían las personas en forma clandestina prácticamente”, detalla Gustavo.
En ese tiempo, la represión tenía un foco principalmente político, por lo que las diversidades no eran el blanco central. Eso permitió que florecieran locales y discotecas gays en varias ciudades. Sin embargo, no estuvieron exento de hostigamientos: “Yo lo viví. Estábamos en una disco y, de repente, irrumpía la policía, militares o marinos. Encendían las luces, apuntaban con linternas y te pedían el carnet, iluminándote la cara. Eso también era una forma de agresión”, recuerda.
Con la irrupción global del VIH, apareció también un nuevo estigma y formas de hostigamiento hacia la comunidad gay. Para algunos, no obstante, esos tiempos difíciles se transformaron en un espacio de encuentro y empoderamiento. “En dictadura no había nada ni nadie que hablase del VIH”, recuerda Gustavo. Fue entonces, tras la muerte de un amigo cercano, que él y su círculo decidieron actuar. Así nació la Corporación Chilena de Prevención del SIDA -hoy Acción GAY- cuando Gustavo tenía 31 años.
“Inicialmente nos reunimos en un departamento para tener información respecto de esta enfermedad. El 31 de enero de 1988, seis personas decidimos que la concientización no podía terminar y así nació formalmente la organización”, narra el activista. Con el apoyo de una ONG internacional, lograron el financiamiento inicial que les permitió poner en marcha sus primeros proyectos. Desde entonces, Acción Gay ha construido casi cuatro décadas de trayectoria, consolidándose como un espacio clave para la comunidad. “Aquí aprendí a defenderme y a crecer”, afirma Gustavo.
Coincidentemente, Iván también fue parte de ese espacio. Recuerda que desde antes de la formación de la corporación se dedicaba a la difusión de información sobre el VIH, y que fue uno de los pioneros en hacerlo. “Íbamos a discotecas y bares a entregar información, principalmente a hombres, a quienes dábamos un tríptico con un preservativo pegado en la parte posterior. Muchas veces no querían ni recibirlo y les decíamos: ‘Mira, léelo, no te va a hacer ningún daño’. La primera pregunta que nos hacían era si estábamos enfermos, y ahí teníamos que explicarles que solo estábamos informando”.
Jorge Pantoja también aportó en movimientos de VIH, desde su profesión y por muchos años estuvo trabajando como psicólogo dando terapia de grupo a personas con VIH. “Los infiernos son las cosas que escuché yo en realidad. El maltrato, la segregación social y cultural se conocía tan poco. Era tan prohibido el tema, que casi no se hablaba de eso. Por supuesto que tenía una censura tremenda, pero más bien era el silencio opresivo lo que predominaba”, señala.
Tiempo después, a inicios de los 90, cuando las calles, los bares y las discotecas también funcionaban como trincheras informativas, nació finalmente el Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (MOVILH). El trabajo de información y educación que antes se desarrollaba en los lugares de encuentro nocturnos de la comunidad gay, pasó a tener otra dimensión con el nacimiento de esta organización. “Desde entonces, la defensa de la diversidad comenzó a hacerse a plena luz del día y en voz alta”, dice Jorge.
Los avances Hoy, Chile tiene leyes y discursos que antes parecían imposibles. Sin embargo, los protagonistas de estas historias saben que ese arcoíris, aunque más visible, todavía deja partes en sombra. Y que los colores que hoy son llevados con orgullo fueron pintados sobre décadas de trabajo de la comunidad. Gustavo remarca que “que haya una ley de SIDA, que haya una ley antidiscriminatoria con todos sus defectos, que haya matrimonio igualitario, que haya acuerdo de unión civil, esas son cosas que no se les ocurrieron a las autoridades. Todos esos hechos fueron producto de las presiones de las organizaciones y de un trabajo mancomunado. De encadenarse a las rejas del Congreso, de manifestaciones o de las mismas marchas del Orgullo…”.
Iván valora los cambios, pero sabe que muchas heridas siguen abiertas, sobre todo para quienes sufren el rechazo de sus familias o de cercanos por su orientación sexual. También, por la violencia que todavía viven las personas de las diversidades en las calles: “Seguramente es menos que antes, y cuando ocurre es más público y puede llegar a ser una noticia, cuestión que antes jamás pasó. En el pasado podía suceder que tipos borrachos como por gracia comenzaran a pegarle a los gays. Y a nadie le llamaba la atención”, sostiene.
Para Ricardo, todavía falta una mirada más humana y realista. “Lo que necesitamos es desmitificar el tema, mostrarlo tal cual es: que los hombres gay son tan hombres como cualquier otro, con el mismo atributo masculino que cualquiera”.
En su reflexión, Jorge sostiene que hoy la represión ha ido adoptando nuevas formas de manifestarse, más sutiles y silenciosas; que, aunque la gente pueda hablar en voz alta, las representaciones aún son escasas, desde las películas hasta los grandes intelectuales.
Iván cierra con un recuerdo que retrata los imposibles de su tiempo, esos que hoy parecen desvanecerse. Que una pareja homosexual caminara de la mano por la calle “era impensable, no existía… no nos cabía en la cabeza, porque no conocíamos otra cosa. Era un sueño. No es que hubiéramos tenido una época de apertura y luego la perdiéramos: simplemente, nunca existió”, dice.
Con matices, lo que Gustavo, Iván, Ricardo y Jorge comparten no son solo sus recuerdos, sino la experiencia de haberse formado en una época que no les dio modelos. Por eso, se forjaron en el silencio y la resistencia, en una lucha que primero fue íntima, con ellos mismos, mucho antes de pisar la calle.
Hoy, cuando el arcoíris ocupa plazas y portadas, sus historias recuerdan que hubo un tiempo en que los colores existían, pero había que vivirlos en secreto.

