Lorena Basualdo González
Psicóloga Clínica – Educacional
Licenciada en Piscología
Universidad de Viña del Mar.
Salud Mental y Desarrollo Socioemocional
Universidad Católica de Temuco.
Particularmente, en aquellas personas que son conscientes de su necesidad de acumular contenido intelectual, y que han orientado su formación de manera más intensa que la mayoría, es posible observar una paradoja: a mayor erudición, menor apertura emocional hacia los demás.
Este fenómeno no revela necesariamente las preferencias personales ni los rasgos de carácter de la persona, sino una forma de interacción marcada por un carácter defensivo que escondería un sufrimiento psíquico importante y profundo.
Diferenciar el YO ideal del ideal del Yo nos brinda una clave para entender esta organización narcisista. La persona que idealiza figuras de autoridad intelectual, cargos jerárquicos o saberes especializados, está tratando de adquirir un lugar (alinearse) con respecto a un ideal internalizado, en muchas ocasiones, parental. Esta idealización no es la búsqueda o conexión con el otro, sino una reafirmación narcisista de un YO percibido como insuficiente, frágil e indigno.
“Curiosamente, la obsesiva orientación hacia lo “elevado” puede esconder un desprecio o temor inconsciente hacia lo “común”. En algunos casos, lo que se rechaza con vehemencia es justamente aquello que el sujeto identifica, en lo más profundo, con su propia historia: una infancia más humilde, figuras afectivas menos cultas, emociones desbordadas o necesidades insatisfechas”.
Por otro lado, el conocimiento elevado no se valora por su capacidad de abrir espacios de encuentros humanos, sino por su función estructurante: protege del vacío, del deseo, del dolor y de la incertidumbre. Bajo este régimen, el conocimiento funciona como fortaleza que, paradójicamente, muchas veces aísla.
Por lo tanto, cuando la persona establece relaciones únicamente con quienes considera en “su mismo nivel” intelectual, no está reconociendo al otro como persona, sino como objeto narcisizante, Es decir, se relaciona con aquello que le permite sostener su autoestima idealizada. Por lo tanto, está obligado a abandonar a las “personas comunes y corrientes”, desechándolas, no porque carezcan de valor, sino porque no cumplen una función narcisista.
Este patrón suele venir acompañado de una incapacidad de escuchar al otro, especialmente, cuando ese otro trae una narrativa emocional, una vivencia no intelectualizable. El sujeto se aburre, se distrae, interrumpe: su aparato psíquico no tolera la alteridad cuando esta no está mediada por el saber.
Curiosamente, la obsesiva orientación hacia lo “elevado” puede esconder un desprecio o temor inconsciente hacia lo “común”. En algunos casos, lo que se rechaza con vehemencia es justamente aquello que el sujeto identifica, en lo más profundo, con su propia historia: una infancia más humilde, figuras afectivas menos cultas, emociones desbordadas o necesidades insatisfechas. Desde esta perspectiva, la desvalorización del otro aparece como una formación reactiva: se niega aquello que, en el fondo, resuena como propio, pero es vivido como indigno.
El saber puede convertirse en un “fántoma” (formación psíquica inconsciente transmitida transgeneracionalmente), que organiza el deseo, pero también lo sofoca. La adhesión obsesiva a instituciones de prestigio (como la jerarquización del mundo eclesiástica, la academicista, la filosofía clásica, entre otros) puede actuar como un sustituto del deseo reprimido. La persona cree desear conocimiento, pero, en realidad, está deseando una posición simbólica que lo salve del desamparo.
El intelecto, en estos casos, funciona como refugio. No porque sea en sí mismo patológico, sino porque su uso exclusivo y excluyente revela un entramado defensivo que evita el vínculo, la empatía y la exposición emocional. Reconocer esta estructura no es patologizar la cultura, sino devolverle su carácter verdaderamente humanizante, pues el saber que no se abre al otro, se convierte en trinchera.
En términos terapéuticos, esto exige un abordaje cuidadoso, que no confronte directamente el narcisismo, sino que abra rendijas simbólicas por donde el sujeto pueda empezar a reconocer el deseo del otro como distinto, legítimo, y también valioso.

