Lucas Serrano
Cientista político y director de carrera
de Administración Pública USS.
Hay valores que deberían ser intransables en una democracia, y uno de ellos es el respeto a la persona humana. No por sus ideas, no por su militancia ni por su voto, sino por el simple hecho de ser persona. Ese principio básico debería ser el piso mínimo para quienes aspiran a conducir el país. Sin embargo, el último debate presidencial mostró exactamente lo contrario: dos candidatos en disputa por la responsabilidad más alta de la República recurriendo a la falta de respeto como herramienta electoral deliberada.
Lo que vimos no fue un ejercicio democrático, sino una competencia por la desestabilización. Interrupciones constantes, descalificaciones directas, insinuaciones personales y un afán evidente por forzar errores antes que por presentar ideas. Validar esta estrategia del “todo vale” es profundamente peligroso: transforma la discusión pública en una pelea de barras bravas, donde el objetivo no es construir un argumento, sino destruir al otro. En ese clima nadie escucha, nadie piensa, nadie permite el diálogo. Y, lo que es peor, nadie parece sentir vergüenza por ello.
La degradación no es solo ética; también es intelectual. Preguntas que requerían un mínimo de solvencia técnica -como de qué manera aumentar el crecimiento al 4%- fueron respondidas con una liviandad que en cualquier curso básico de macroeconomía sería evaluada con nota roja. No se trata de exigir expertos, sino de esperar coherencia. Pero la beligerancia actual ha vaciado el debate: ya no se discuten datos, no se construyen argumentos, no se contrastan políticas públicas. El ruido reemplazó al contenido, y la forma sepultó el fondo.
Para quienes trabajamos en las aulas enseñando que el respeto importa, que la evidencia pesa más que las opiniones y que la política es un ejercicio intelectual y ético, este tipo de debates no solo nos dificulta la tarea: la sabotea.
Cuando los líderes ofrecen gritos en vez de ideas, agresión en vez de argumentos, y ansiedad en vez de templanza, construir una sociedad que dialogue se vuelve una meta cada vez más lejana. Frente a momentos difíciles, si la respuesta es gritarse e impedir que el otro hable, estamos en un terreno aún más frágil de lo que creíamos.
Con ese estándar, y con esa pobreza ética e intelectual, el debate no puede ser calificado de otra manera: fue, simplemente, paupérrimo.

