
Dra. Rubia Cobo-Rendón
Investigadora responsable Programa ACSA Ñuble 2023-2025 – Instituto de Bienestar Socioemocional IBEM, Facultad de Psicología UDD.
El 10 de septiembre, Día Mundial de la Prevención del Suicidio, nos recuerda que detrás de cada cifra hay una historia, un rostro y una vida que pudo ser acompañada a tiempo. Hoy en día la realidad es dura: niños, niñas y jóvenes experimentan sentimientos de aislamiento, ansiedad y desesperanza y, frente a ello, la respuesta no puede ser individual, sino colectiva.
En Chile, el suicidio sigue siendo un problema de salud pública. La tasa nacional se ha mantenido en torno a 11 muertes por cada 100.000 habitantes, con una marcada diferencia entre hombres y mujeres: los hombres mueren casi cuatro veces más por esta causa.
Aunque desde 2016 se observa una reducción en la mortalidad adolescente, el fenómeno continúa siendo alarmante y con desigualdades territoriales. La nueva Estrategia Nacional de Prevención del Suicidio 2025-2034 plantea la urgencia de fortalecer factores protectores y de trabajar en red entre salud, educación y comunidad, para reducir estas muertes prevenibles que dejan una huella devastadora en familias y comunidades. Por ello es que la familia, la escuela y la comunidad son los tres pilares que sostienen el cuidado socioemocional de las nuevas generaciones. En la familia, el afecto cotidiano, la escucha atenta y la validación de emociones sientan las bases de la resiliencia. Cuando un joven se siente escuchado en casa, aprende que sus emociones importan y que no está solo en el mundo.
“Cuidar significa ver al otro en su dignidad, acompañarlo en su singularidad y construir juntos entornos donde la vida tenga siempre valor y esperanza. La corresponsabilidad de familia, escuela y comunidad es la clave para transformar esta realidad”.
En la escuela, los vínculos pedagógicos se convierten en un espacio de protección. No basta con enseñar contenidos: los docentes e integrantes de las comunidades educativas cumplen un rol fundamental cuando reconocen los avances, validan los esfuerzos y generan climas de confianza. Estudios destacan que la interacción valorativa (el reconocimiento específico, respetuoso y constructivo de los logros de los estudiantes) fortalece la autoestima académica, la motivación y la regulación emocional, factores directamente asociados a la prevención del malestar y el sufrimiento psicológico (Lobos Peña, Cobo-Rendón, & Fernández Branada, en prensa).
La comunidad, por su parte, abre posibilidades de pertenencia. Un club deportivo, una actividad cultural, una red de vecinos que acompaña, se convierten en espacios que contrarrestan el aislamiento y refuerzan la sensación de ser parte de algo más grande. En tiempos donde la infancia y la adolescencia están crecientemente mediadas por pantallas y comparaciones sociales, recuperar los espacios comunitarios de encuentro es también un acto de prevención.
La tarea es urgente y compartida: prevenir el suicidio es educar para cuidar. Y cuidar significa ver al otro en su dignidad, acompañarlo en su singularidad y construir juntos entornos donde la vida tenga siempre valor y esperanza. La corresponsabilidad de familia, escuela y comunidad es la clave para transformar esta realidad.

