El Censo que reveló un Chile diferente

/ 7 de Agosto de 2025

Los resultados del Censo 2024 mostraron un país que envejece rápidamente, con hogares cada vez más pequeños y una estructura familiar en cambio constante. Expertos analizan cómo la nueva realidad demográfica exige repensar la planificación urbana y las políticas sociales para hacer frente a los desafíos de la sociedad actual.

Pía Hoffmann Merino

Chile ya no es el mismo. Los primeros resultados del Censo 2024 retrataron a un país muy distinto de al de hace tres décadas: hoy no solo hay más hogares, sino que estos son cada vez más pequeños y están habitados, en muchos casos, por personas mayores que viven solas.

La estructura demográfica se transformó, la pirámide poblacional se está invirtiendo rápidamente y el envejecimiento ya no es una proyección: es una realidad instalada en el país.

Con un total de más de 18 millones de personas censadas, los datos revelaron un marcado envejecimiento de la población: el grupo de mayores de 65 años representa hoy el 14%, más del doble que en 1992. En paralelo, los menores de 14 años han disminuido del 29,4% al 17% en el mismo periodo. Por cada 100 niños, hay 79 adultos mayores, una relación que hace tres décadas era de solo 22.

A todo lo anterior se sumó una profunda caída en la tasa de fecundidad, que en 2023 llegó a 1,16 hijos por mujer, según el Anuario de Estadísticas Vitales del INE: la más baja en la historia de Chile y una de las menores del mundo.

Este fenómeno se da en un contexto donde también cambió la manera en que se conforman los hogares. Aunque en el país se registran más de 6,5 millones de hogares -casi el doble que en 1992- estos son cada vez más pequeños en su composición. Mientras hace 30 años el promedio era de cuatro personas por hogar, hoy apenas alcanza las 2,8.

Katia Valenzuela, académica del Departamento de Sociología de la UdeC.

Pero quizás el dato más revelador es el que muestra cómo vivimos: uno de cada cinco hogares hoy es unipersonal, y un 14,6% de los mayores de 60 años vive solo. Esto no solo redefine la estructura familiar, sino que plantea nuevos desafíos en un país donde los sistemas de cuidado y de planificación urbana todavía responden a una realidad que ya no existe.

La pirámide que se invierte

Esta transformación demográfica no es un fenómeno exclusivo de Chile, sino que se observa también en otras naciones como Japón, Italia o Finlandia, que ya enfrentan los retos de una población cada vez más envejecida.

Por otra parte, la caída sostenida de la tasa de fecundidad se inscribe en una tendencia regional. Uruguay, Costa Rica y Cuba presentan indicadores similares, con un promedio de, apenas, 1,5 hijos por mujer, según el Fondo de Población de las Naciones Unidas. A nivel global, la proyección no es más optimista: para el año 2050, se espera que la tasa mundial baje de 2,3 a 2,1 hijos por mujer, el umbral mínimo para garantizar el recambio generacional.

Katia Valenzuela, académica del Departamento de Sociología de la Universidad de Concepción, explica que en Chile estamos viviendo la realidad de países como Japón o de Europa, donde la pirámide poblacional comienza a hacerse más pequeña en su base y a ensancharse en el medio. “Ello no permite un recambio de población en edad para trabajar y que pueda sumarse al mercado laboral”, afirma.

Esto no solo implica cambios en las estructuras familiares, sino que grandes desafíos en la estructura social.

Valenzuela advierte que, “mientras menos personas tengamos en edad de trabajar, más significativo será el impacto en el sistema productivo. Por otra parte, al tener un número de personas adultas mayores que va aumentando, el sistema de cuidados empieza a ser insuficiente”.

Vivir más, pero más solos

Para el 2050, tres de cada 10 personas Chile tendrán sobre 80 años, al menos así lo proyecta un estudio del Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo de 2023.

Sin embargo, este aumento en la esperanza de vida, no parece ir aparejado de una mejora en el bienestar de los adultos mayores. Ello, pues este mismo estudio del Observatorio del Envejecimiento revela que un 32% de las personas de este grupo etario no tiene amigos y que el 24% se siente insatisfecha con su vida social.

María de Los Ángeles Toro, directora regional Fundación Las Rosas.

La directora regional de Fundación Las Rosas, María de Los Ángeles Toro, también ve esta realidad en la institución. Añade que la fundación tiene un poco más de 2.200 residentes, pero que solo un 15% recibe visitas de familiares o de amigos. Y por eso afirma que “falta priorizar el cuidado y visibilizar al adulto mayor, porque la soledad en la adultez es terrible”.

Aclara también que, actualmente, las políticas públicas que tiene el país para los mayores son insuficientes. “El sistema de salud no está adaptado, hay escasez de especialistas, de camas y de conocimientos de cuidado”, advierte.
Actualmente, en Fundación Las Rosas cuentan con 2.400 camas a nivel nacional, y esperan llegar a 3.000 para 2030. Nosotros queremos seguir creciendo, dice la directora regional, pero aclara que también necesitan que el Estado ponga de su parte, “finalmente los adultos mayores son responsabilidad de todos nosotros”, recalca.

Para la coordinadora regional del Senama, Janine Albarrán, no se trata solo de entregar acceso a salud y cuidados, “sino de garantizar sus derechos y participación plena”. Lo que buscamos, agrega, “es dignidad en el envejecer, esto significa una mejora continua en las condiciones de vida de las personas mayores, pero también que ellos puedan tener un rol más activo en la sociedad”.

Y añade: “No solo tenemos que trabajar en relación al trato directo con las personas mayores, sino también con los distintos segmentos de la sociedad, para que ellos también puedan contribuir a este cambio cultural y tener una mirada distinta en torno a la vejez”.

Cuando el hogar es uno mismo

En el país, el 14,6% de la población mayor de 60 años vive sola, según el Observatorio del Envejecimiento. Este porcentaje crece a la par de los hogares unipersonales, que pasaron del 8,3% en 1992 al 21,8% en 2024.

Janine Albarrán, coordinadora regional del Senama.

Para Katia Valenzuela, el crecimiento de los hogares unipersonales obedece a distintas razones, y aclara que sus integrantes tampoco tienen un solo perfil. “Podemos pensar que están compuestos por adultos mayores que viven solos, por quienes tienen dificultades para acceder a viviendas o por personas que deciden vivir solas en búsqueda de oportunidades y de autonomía. Entonces, por una parte tenemos un perfil que es más precarizado y, por otra, a quienes reniegan de la estructura familiar clásica”, indica.

La ciudad que no se adapta

Chile envejece, las familias cambian y los hogares se achican, pero las ciudades parecen seguir pensadas para un país que ya no existe. La planificación urbana continúa centrada en un modelo tradicional -basado en familias numerosas, redes de cuidado disponibles y una única centralidad- que no responde a las necesidades de una población cada vez más diversa y envejecida.

Para el académico del Departamento de Urbanismo de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, Tomás Cox, esta realidad responde a “un cambio de switch”. “Antes teníamos este modelo del papá que salía a trabajar y viajaba una hora en auto al trabajo todos los días, entonces la accesibilidad no era tema y se sacrificaba”, explica. Pero hoy se trata de decidir qué privilegiar y qué sacrificar, “se privilegia el acceso a oportunidades, a estar donde está todo pasando, y se sacrifica de cierta forma el espacio”.

Tomás Cox, académico Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile.

El académico señala que, si se piensa en un solo centro en la ciudad, se va a generar más dificultad para ofrecer vivienda, “entonces si privilegiamos subcentralidades o, a escala nacional, ciudades intermedias, facilitaríamos la oferta”. Esto, porque “actualmente es más difícil producir vivienda, ya que hay que buscar terrenos centrales que son muy disputados y compiten con el comercio y las oficinas”, entonces planificar subcentralidades ayudaría a quitarle parte de esta presión que existe sobre la ciudad respecto a la oferta habitacional.

Además, este modelo de centralidad ha dejado a muchos adultos mayores en áreas que, aunque eran periferias hace 40 años, hoy se encuentran en el centro de la ciudad. “Son lugares que se han envejecido junto a sus habitantes, por lo tanto, el estándar de urbanización no es el que había antes”. Y eso se traduce en el estado de las veredas, de las plazas o la falta de áreas verdes, lo que no se condice con las necesidades de quienes ahí habitan, como, por ejemplo, la continuidad de veredas.

Para el académico, ante el acelerado aumento de la población mayor, estos barrios se vuelven cada vez más importantes. Pero recuperar estos espacios requiere no solo trabajo, sino también la incorporación de tendencias que antes no eran una prioridad, como la vegetación. “La vegetación resulta ser el atributo más atractivo para las personas cuando evalúan la calidad de un espacio público. Eso tiene que ver con elementos estéticos y de control del calor”, afirma Cox.

Estas transformaciones están estrechamente vinculadas con la creación de barrios multigeneracionales. Actualmente, debido a las diferentes preferencias urbanas, los barrios se segregan por edades. Para muchas personas, no es factible vivir en los mismos barrios donde crecieron o donde están sus padres, para así mantener las redes de cuidado, lo que facilita muchas cosas”. Por lo tanto, para mantener estas redes intergeneracionales, es clave pensar en barrios que ofrezcan opciones atractivas para todas las edades, sin perder la centralidad.

La investigadora Katia Valenzuela también destaca la importancia de adaptarse a esta nueva realidad. En un contexto de creciente individualización, subraya que las salidas individuales no son suficientes”. Además, al reconocer que la pirámide poblacional ha cambiado, resalta que “corresponde hacerse cargo de estas transformaciones”.

Explica que es fundamental robustecer las políticas de cuidado, protección social y vivienda para adaptarse a las nuevas dinámicas sociales. Hace especial énfasis en que “estas transformaciones no ocurren fuera de un modelo social, político y económico. Entonces, la precariedad en la que vive una cantidad importante de chilenos, sin lugar a dudas, va a determinar la decisión de no tener hijos, de cómo viven las personas mayores y de las dificultades que van a sortear quienes viven en hogares unipersonales”.

En su opinión, es necesario fortalecer un sistema de protección social que prepare al país para el futuro. Si mantenemos el modelo que tenemos, no se ve muy buen pronóstico”, concluye.

El Censo 2024 deja en claro una nueva realidad demográfica: un sistema de cuidados frágil, una planificación urbana desactualizada y una estructura familiar que ya no se ajusta a la realidad. Mientras tanto, se sigue pensando un país como si los hogares estuvieran conformados, en promedio, por cuatro personas y como si las redes familiares permanecieran intactas. Este desfase plantea un reto urgente: una proyección renovada será crucial para determinar cómo crecemos, habitamos y envejecemos en Chile.