Lorena Basualdo González
Psicóloga Clínica – Educacional
Licenciada en Psicología
Universidad de Viña del Mar.
Salud Mental y Desarrollo Socioemocional
Universidad Católica de Temuco.
El encanto siempre ha sido una característica central en las relaciones humanas. A veces, aparece como un gesto cálido y espontáneo que nos invita a acercarnos y, otras, como una fachada fría y hábilmente calculada, que busca provocar efecto más que sostener un vínculo real. Esa diferencia, que a primera vista parece sutil, define gran parte de las experiencias amorosas contemporáneas, caracterizada por la velocidad y lo efímeras que son nuestras conexiones.
En su versión verdadera, el encanto es un movimiento del deseo: es curiosidad, capacidad de escuchar, respeto por los ritmos del otro, paciencia por dejar que las cosas ocurran a su tiempo. Es un gesto de apertura que no intenta doblegar rápidamente, sino que se preocupa por lo singular. Pero cuando se transforma en una estrategia, ya no es expresión de deseo, sino de instrumento de poder. Halagos, deferencias, palabras refrescantes y atenciones se convierten en piezas de un guion donde lo importante no es lo que se comparte, sino la reacción que se obtiene.
La palabra, en este sentido, adquiere un poder casi hipnótico. Un puente entre sujetos, pero también un arma de manipulación. No se trata de decir lo que se siente, sino de pronunciar lo que impacta más para fascinar y, literalmente, atraer hasta uno. Ahí, lo que brilla no es el vínculo, sino el yo del seductor que se alimenta de la atención que despierta en el otro.
“El desafío está puesto en no dejarnos capturar por ese teatro seductor que confunde efecto con afecto. Porque el encanto auténtico sigue siendo una de las experiencias más valiosas del encuentro humano”.
Este fenómeno se entiende dentro de una lógica narcisista: el otro no es visto como sujeto, con su singularidad, con sus propios tiempos y límites, sino como un espejo donde importa lo que refleja: admiración, deseo, disponibilidad. El encanto funciona como una máscara que oculta la fragilidad del yo, que necesita validar permanentemente su valía en el otro. En esa dinámica, la seducción no es el deseo del encuentro, sino la necesidad de conquista, la demostración de una y otra vez que se tiene poder sobre la atención y el afecto ajeno. Aquí aparece el frenesí: una intensidad desbordada que puede vivirse como éxtasis, pasión o furia, pero que inevitablemente conduce a la pérdida de control racional, dejando a ambos atrapados en un juego donde lo esencial del vínculo se diluye.

El cine ha representado con frecuencia estas tensiones, y quizás una de las películas que mejor parece ilustrar estas dinámicas es The Beguiled, (el seductor, 2017) de Sofía Coppola. En ella, un soldado herido irrumpe en un internado femenino. Su llegada trastoca a las mujeres: cada palabra, cada mirada, cada gesto, por más banal que parezca, está cargado de insinuaciones que despiertan en las mujeres deseo como también rivalidad. El hechizo del seductor no se reduce solo a él, sino como un hechizo colectivo. Parece que trae ternura, protección y compañía, pero a medida que la historia avanza, se evidencia que detrás de ese halo seductor del soldado hay una estrategia, dejándose ver toda la ansiedad, la búsqueda de validación más que de compañía verdadera que sostenía el encanto. La máscara del encantador cae y deja ver el vacío de su puesta en escena.
Esa ambigüedad entre encanto genuino y encanto estratégico está presente en la vida cotidiana, particularmente, en un contexto donde las aplicaciones de citas, mensajes instantáneos y encuentros acelerados que buscan un impacto rápido, desalientan toda la selección construida.
No es fácil distinguir a simple vista uno del otro, ya que al inicio pueden ser exactamente iguales. Sin embargo, existen señales que marcan la diferencia. El genuino se reconoce en la consistencia de los gestos en el tiempo, en la capacidad de esperar, en el respeto por la negativa y en el interés real por conocer al otro más allá de su respuesta inmediata, mientras que el encanto manipulador suele apagarse tan pronto como no logra el efecto esperado: la atención se retira, la palabra se silencia y lo que parecía promesa de vínculo se revela como un acto teatral, casi como oraciones iluminadas en un escenario.
El desafío está puesto en no dejarnos capturar por ese teatro seductor que confunde efecto con afecto. Porque el encanto auténtico sigue siendo una de las experiencias más valiosas del encuentro humano.
El encanto manipulador, en cambio, seduce, fascina y luego vacía, dejando atrás algo así como la sensación de que hemos sido objeto de una representación. Aprender a distinguir entre una y otra forma no solo nos deja a resguardo de vínculos ilusorios, sino que también nos permite reivindicar la posibilidad de relaciones verdaderas, donde lo que importa no es el brillo de las palabras, sino la autenticidad de los gestos y la construcción paciente del deseo.

