Verónica Villarroel H., PhD
Profesora Asociada, Departamento de Psicología, Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de Concepción
“Usted me va a hacer muchísima falta. Usted ha sido y siempre será el mejor profesor que he tenido”. Eso escribió mi hija de casi once años en la carta de despedida a su profesor jefe, Aurelien Dourron, quien, a mitad de año, regresó a su país.
Como madre, me conmovió verla triste. Al salir del colegio, comprendí que no era la única. Muchos de sus compañeros abandonaban la sala con los ojos llenos de lágrimas. Entonces pensé que aunque la despedida era dolorosa, mi hija estaba viviendo una experiencia extraordinaria: la de encontrarse, a una edad temprana, con una de esas personas que dejan una huella para toda la vida.
No todos tenemos la fortuna de conocer a un profesor así. Como psicóloga educacional llevo casi 30 años estudiando cómo aprenden las personas. He investigado, leído y observado. Sin embargo, este primer semestre aprendí a través de las conversaciones diarias con mi hija cuando la iba a buscar al colegio. Cada tarde llegaba contándome algún pequeño episodio ocurrido en clases. Nunca hablaba primero de matemáticas, de ciencias o de historia. Lo que recordaba era cómo su profesor lograba que aprender fuera una experiencia agradable.
Un día, por ejemplo, entró a la sala y anunció con total seriedad:
—”Hoy vamos a hacer cien flexiones. Todos de pie…” .
Los niños se miraron sorprendidos, comenzaron a hacer ejercicios y, después de unas diez o quince flexiones, el profesor sonrió y les dijo que podían sentarse.
—”Ya despertaron.”
No era una estrategia espectacular. Era un gesto sencillo, pero suficiente para cambiar el ánimo con que comenzaba la clase. Otro día, antes de iniciar matemáticas, se quedó mirando por la ventana con expresión de poeta y comentó:
—”Qué linda está la mañana. Hay un poquito de sol, se escuchan los pajaritos… debe haber personas caminando felices por la plaza”. Los niños imaginaban la escena. Entonces los miró con una expresión divertida y concluyó:
—”Bueno… ahora saquen el libro de matemáticas porque tenemos muchos ejercicios que resolver”. Toda la sala estalló en carcajadas.
En tiempos en que el debate educativo gira en torno a inteligencia artificial, resultados estandarizados, cobertura curricular, infraestructura o convivencia escolar, conviene recordar una verdad que la evidencia lleva décadas respaldando y que, este año, mi hija me permitió volver a mirar con otros ojos: el principal recurso educativo sigue siendo la persona del profesor. Ninguna tecnología puede reemplazar una mirada de confianza.
Ningún algoritmo puede sustituir el humor oportuno que desarma la ansiedad antes de una clase. Ninguna innovación pedagógica puede ocupar el lugar de un adulto que hace sentir a un niño visto, comprendido y capaz.
Mi hija no recordaba esos momentos porque fueran especialmente ingeniosos. Los recordaba porque había descubierto algo poco frecuente: un adulto que comprendía que el humor también educa. En otra oportunidad me dijo:
—”El profesor siempre tiene paciencia. Cuando alguien se porta mal, habla con él en privado”. Esa frase me hizo pensar cuánto confundimos, todavía, autoridad con dureza. Durante décadas hemos instalado la idea de que un buen profesor debe controlar el curso, imponer disciplina y mantener una distancia emocional. Sin embargo, la investigación en educación muestra exactamente lo contrario: los estudiantes aprenden más cuando se sienten seguros, respetados y emocionalmente disponibles para aprender.
No se trata de ser permisivo. Se trata de comprender que la autoridad no nace del miedo. Nace de la confianza.
También hubo pequeños detalles que probablemente nunca aparecerán en una planificación curricular, pero que dicen mucho sobre la manera de entender la infancia:
Los lunes no había tareas. El trabajo para la casa se distribuía entre martes y viernes porque el profesor consideraba que el fin de semana también pertenecía a las familias, al descanso, al juego y a la vida fuera del colegio. Puede parecer un gesto menor. No lo es. Es una forma concreta de recordar que la escuela es una parte importante de la vida de un niño, pero no toda su vida.
Hubo otra práctica que me impresionó especialmente. Cada vez que el curso debía votar —por una canción, un representante o cualquier decisión colectiva— el profesor les pedía cerrar los ojos antes de levantar la mano. Nadie podía ver qué elegían los demás. Nadie podía sentirse presionado por la mayoría. Nadie tenía que experimentar la incomodidad de ser el único.
En una época en que hablamos tanto de pensamiento crítico, descubrí a un profesor enseñándolo sin discursos. Bastaba cerrar los ojos. Pero quizás el gesto más significativo fue uno que solo existía entre él y mi hija. Ella es introvertida y tiene gran consciencia de cuando no sabe algo o no lo hace bien, lo que la hace tener temor a equivocarse. Un día terminó con éxito una actividad antes que todos sus compañeros. El profesor la miró sonriendo y le dijo:
—”Parece que hoy desayunaste un león”.
Desde entonces, cada vez que comenzaban una tarea, el profesor la miraba y levantaba la mano haciendo una pequeña garra de león y lanzaba un suave gruñido en su dirección.
No necesitaban decir nada más. Era un código compartido. Una forma silenciosa de recordarle que era capaz. Mi hija se reía en silencio, y, sin darse cuenta, comenzó a confiar más en sí misma.
En su carta de despedida, mi hija escribió algo que resume mejor que cualquier teoría lo que significó ese año: “Tengo la impresión de que usted ha sido el único profesor con el que pude comprender, reír y sentirme feliz, como en casa, en la escuela.”
Y añadió otra frase que me sigue acompañando: “Me cuesta expresarme y relajarme, pero siempre le estaré muy agradecida por haberlo tenido como profesor”.
A veces pensamos que el legado de un docente son los contenidos que enseña. No es así. Con el paso del tiempo olvidaremos muchas fórmulas, fechas o definiciones. Pero difícilmente olvidaremos cómo nos hizo sentir un profesor. Recordaremos a quien creyó en nosotros antes de que nosotros mismos pudiéramos hacerlo. A quien nos enseñó que equivocarse no era fracasar. A quien consiguió que aprender dejara de dar miedo.
En tiempos en que el debate educativo gira en torno a inteligencia artificial, resultados estandarizados, cobertura curricular, infraestructura o convivencia escolar, conviene recordar una verdad que la evidencia lleva décadas respaldando y que, este año, mi hija me permitió volver a mirar con otros ojos: el principal recurso educativo sigue siendo la persona del profesor. Ninguna tecnología puede reemplazar una mirada de confianza.
Ningún algoritmo puede sustituir el humor oportuno que desarma la ansiedad antes de una clase. Ninguna innovación pedagógica puede ocupar el lugar de un adulto que hace sentir a un niño visto, comprendido y capaz.
Quizás por eso la frase más importante de esta historia no la escribió una investigadora, ni una psicóloga educacional, ni un experto en educación. La escribió una niña de diez años.
“Usted ha sido y siempre será el mejor profesor que he tenido”. Sospecho que esa es la evaluación más valiosa que un docente puede recibir.

