
Lucas Serrano
Cientista político y director de Administración Pública USS.
Cada ciclo electoral en Chile, y en muchas otras democracias, renace el fantasma del votante medio: ese ciudadano prudente, moderado, de convicciones templadas y con una preferencia por lo centrista, que se alza como una especie de oráculo al que hay que seducir.
La estrategia es conocida: moderar el discurso, atenuar las propuestas, maquillar las ideas más disruptivas, todo, en nombre de ganar el favor de esa figura mítica que, en teoría, define las elecciones.
Pero ¿existe realmente el votante medio? ¿Y cuánto explica los resultados de nuestras elecciones? Desde el retorno a la democracia, la política chilena ha vivido momentos en los que la moderación parece haber sido clave, particularmente, en segundas vueltas. El caso más evidente es el de Gabriel Boric en 2021, cuya moderación en el balotaje frente a José Antonio Kast le permitió ensanchar su electorado y tranquilizar a los sectores que lo veían con desconfianza.
Ese giro, tanto narrativo como simbólico hacia el centro, fue determinante. Sin embargo, más allá de ese episodio, no parece haber una constante histórica que justifique tanto fervor por el centro político como territorio ganador.
Más bien, buena parte de nuestras elecciones se explican por cómo los candidatos logran posicionarse dentro de clivajes políticos, culturales o morales que se activan en ciertos momentos. Desde la gratuidad y la estabilidad económica, hasta la lucha contra la corrupción o los valores identitarios y la seguridad.
Las disputas no se resuelven necesariamente entre extremos y centro, sino entre quienes logran sintonizar mejor con las pulsiones predominantes de la ciudadanía.
Entonces, ¿por qué se insiste tanto con el votante medio? Una primera explicación es la deformación profesional que tenemos los analistas políticos, que tendemos a pensar la política como un eje lineal izquierda-derecha. En ese mapa, todo lo que no es extremo se sitúa “al medio”, y lo que está al medio se presupone más sensato, más razonable, más elegible. A esto se suma que, en las encuestas, una parte importante de la ciudadanía suele declararse como “centro” o “independiente”, aunque en la práctica
sus votos se muevan según factores más emocionales o contingentes.

También existe una herencia ideológica de la teoría de los tres tercios, según la cual el electorado chileno se dividía casi equitativamente entre izquierda, centro y derecha. En ese esquema, el centro, históricamente representado por la Democracia Cristiana, aparecía como el ancla de la balanza. Pero esa representación hace tiempo se quebró. La DC está en su mínima expresión, y los nuevos proyectos de centro, como Demócratas o Amarillos, parecen existir más en columnas de opinión que en la realidad social o territorial del país. O incluso podríamos hablar del Partido de la Gente que, a pesar de evitar
encasillarse en alguno de los dos polos políticos, está lejos de responder a un centro moderado.
El nuevo ciclo presidencial que recién comienza parece confirmar esta tendencia: ni la derecha ni la izquierda parecen estar apostando por sus figuras “moderadas”. Más bien, las cartas que asoman con más fuerza representan identidades claras más cercanas a sus bases ideológicas que a los matices del centro. La reciente derrota de Carolina Tohá en las primarias oficialistas, pese al respaldo de cinco partidos, algunos históricos de la exConcertación, es el reflejo más contundente de que esa apelación a la moderación ya no moviliza. Sumado a esto, la implementación del voto obligatorio ha reformulado por completo el mapa electoral.
El nuevo votante no responde necesariamente a las categorías tradicionales. Es un votante que fue masivamente a las urnas para rechazar el primer texto constitucional, luego prefirió al Partido
Republicano para redactar el segundo, pero rechazó también esa propuesta cuando llegó el momento de decidir. Por lo tanto, es difícil afirmar que este nuevo electorado responde a las lógicas del votante medio, ya que a todas luces parece ser un votante desconfiado, cambiante, poco fidelizado, que castiga sin misericordia tanto a quienes están en el poder como a quienes lo han detentado históricamente.
En ese contexto, insistir en conquistar al “centro político” como única estrategia puede ser no solo ineficaz, sino ingenuo. Porque no estamos ante un electorado que se define espacialmente, sino
culturalmente. No se trata de si las ideas están “más a la derecha” o “más a la izquierda”, sino de si logran conectar con los miedos, esperanzas, rabias y anhelos profundamente humanos y cotidianos de ellos.
Tal vez, más que seguir apostando al votante medio, la pregunta que deberíamos hacernos es: ¿quién está interpretando mejor los nuevos clivajes sociales y emocionales que cruzan al Chile actual?

