Entre la leche y las balas: cómo viví el 11 de septiembre de 1973 en Lirquén

/ 10 de Septiembre de 2023

Por Sonnia Mendoza Gómez.

    A media mañana de aquel día, asustada y llorosa llegó a la casa de mis padres en Malaquías Concha 60, en Lirquén, la tía Gladys Ramos, cuñada de mi mamá, a contarnos lo que había escuchado en la radio: los militares se habían sublevado, el presidente Salvador Allende Gossens, se había suicidado en La Moneda, y el control del gobierno lo tenía ahora el general Augusto Pinochet. Mi hermana, estudiante de Servicio Social en la U. de Concepción, y yo, recién egresada de Periodismo, nos miramos sin entender por qué las lágrimas de la tía.

    Me acuerdo haber tomado en brazos a mi primogénito, Ciro, de cinco meses, y mi hermana al suyo, Patricio, de algunos meses menos, mientras mi mamá daba las primeras órdenes:  trancar puertas y portones, ni por si acaso asomarse a las ventanas, prender la radio, revisar la despensa y que nadie se moviera de la casa hasta que llegara mi papá, que trabajaba en la intervenida fábrica de Vidrios Planos durante la Unidad Popular.

   Las horas de espera se hicieron eternas, pero pronto nos enteraríamos de que el interventor de la fábrica, el socialista Iván Sepúlveda, había sido detenido, y a mi papá, militante radical y jefe de maestranza, le habían pedido la renuncia. Y como a él, a varios más. Lo vimos apesadumbrado, inquieto, nervioso, silencioso, y a mi mamá enfrentándolo: ¡Te dije que no te metieras en nada!, repetía, enojada.

   Con los años, entendería que, si bien ahí mismo, se terminaban los trasnoches de las largas filas para conseguir leche, pañales y colados para las dos guaguas, y los desaires de las encargadas de la JAP para obtener tarjetas que nos permitieran acceder a los distintos almacenes, lo que se avecinaba resultaría tan preocupante como lo primero: ¿Qué pasaría con mi título?, por ejemplo. Afortunadamente, meses después, en marzo de 1974, lo recibiría de manos del secretario general de la U. de Concepción, Gustavo Villagrán Quilodrán, a quien los estudiantes apodábamos “oso pando”. En la Casa del Arte, egresados de distintas carreras recibieron el mismo día los suyos, pero de Periodismo, la única, creo, fui yo. Hoy, no dejo de agradecerle a la varilla de mi mamá. Sabe Dios dónde estaría, si el férreo control materno no hubiese existido.

    De aquellos días, conservo en la memoria dos episodios: el ajusticiamiento en Quebrada Honda (ruta Lirquén-Tomé) de cuatro personas, entre ellos del funcionario municipal de Tomé, Mario Ávila Maldonado (27), crímenes que corrieron como reguero de pólvora por el pueblo, y de la búsqueda de dos estudiantes de la U. de Concepción, ambos ecuatorianos, que pagaban pensión en la casa de mi abuela materna y vivían en una casita junto al estero de Lirquén.

   Aquella noche de septiembre, tanquetas y uniformados en camiones del Ejército coparon la calle Malaquías Concha, y se escucharon ráfagas de ametralladoras. A la mañana siguiente, nos enteraríamos por la misma tía Gladys, que militares golpearon a su puerta, preguntaron por los ecuatorianos y por quién vivía en el segundo piso. Ella contestó que sus suegros, dos personas de avanzada edad que podrían asustarse con la presencia militar, y se fueron. No obstante, uno de los jóvenes se había refugiado junto a mis abuelos y conminado a retirarse, se fue sin llevarse sus pertenencias.

     Días después, alguien encontró su cuerpo en un cerro próximo.

      El suicidio había sido su escape.

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