Dr. Patricio Ramírez Azócar
Facultad de Psicología
Universidad del Desarrollo.
En julio de 2025, y como parte de un estudio de Panel Ciudadano y del Instituto de Bienestar Emocional (IBEM) de la UDD se realizó una encuesta a una muestra representativa de la población nacional, compuesta por 1.122 personas mayores de 18 años. A ellas se les consultó si consideraban que actualmente existía una “epidemia” de trastornos mentales.
Un 68% afirmó que sí hay un aumento evidente e, incluso, las respuestas positivas del grupo etario de entre 30 y 50 años llegaron al 75%. Pero más allá de lo que pueda pensarse popularmente, la interrogante es si estamos realmente atravesando una crisis epidemiológica en salud mental. Responder esa pregunta de forma clara con un sí o con un no es una tarea un tanto difícil. Veremos por qué los expertos sostienen que hablar de una crisis epidemiológica de trastornos mentales es algo más complejo de lo que aparenta el discurso público.
“Desde investigaciones más sociológicas (Frawley et al., 2024) se resalta cómo ciertos sectores (medios, grupos de interés y políticas públicas) han contribuido a construir la narrativa de una crisis, a veces partiendo de definiciones amplias y asunciones previas a la recogida de datos o, también, considerando datos de encuestas de síntomas de trastornos mentales o de malestar mental y no de estudios epidemiológicos donde se haya entrevistado en profundidad a la población”.
Una de las consideraciones que han sido planteadas es la hipótesis de inflación de la prevalencia (Foulkes & Andrews, 2023), según la cual los esfuerzos masivos de concienciación en salud mental han tenido un doble efecto: favorecer el reconocimiento de síntomas previamente ignorados y alentar a algunas personas a etiquetar formas leves de malestar como si fueran trastornos mentales. En esa misma línea, Jackson y Haslam (2022) documentan una expansión conceptual (concept creep) que denota cómo términos como “depresión”, “ansiedad” o “trauma” se emplean comúnmente para denominar experiencias emocionales más leves o ambiguas, lo que tiene como efecto que se vaya diluyendo su especificidad y se termine medicalizando las emociones de la vida cotidiana.
Desde investigaciones más sociológicas (Frawley et al., 2024) se resalta cómo ciertos sectores (medios, grupos de interés y políticas públicas) han contribuido a construir la narrativa de una crisis, a veces partiendo de definiciones amplias y asunciones previas a la recogida de datos o, también, considerando datos de encuestas de síntomas de trastornos mentales o de malestar mental y no de estudios epidemiológicos donde se haya entrevistado en profundidad a la población.
No es que no existan estudios epidemiológicos, el problema es que el realizarlos es muy costoso en tiempo y todo tipo de recursos y no son fácilmente replicables en un corto plazo. Sin ir más lejos, una voz autorizada en la psiquiatría internacional como es Allen Frances (2013), quien fuera editor del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales DSM-IV, advierte que parte de esta “epidemia” responde a intereses comerciales, inflación diagnóstica y medicalización de problemas vitales y sociales, más que a un incremento objetivo de enfermedades mentales graves.
¿Qué podemos hacer frente a este fenómeno? Pareciera que una alternativa es resistir la expansión indiscriminada del uso de los conceptos asociados a trastornos mentales y a reorientar a la comunidad hacia un uso más preciso, equilibrado y contextualizado de las categorías diagnósticas y, así como sería importante realizar campañas de concienciación que aumenten el uso correcto de los términos, debemos cuidar no fomentar la sobreidentificación con etiquetas ni el autodiagnóstico. En paralelo, por supuesto que la comunidad de investigadores debe intentar aportar con datos de buena calidad y que muestren de forma rigurosa la realidad epidemiológica.
En síntesis, debemos hacer esfuerzos por reconocer y atender el malestar mental real sin expandir tanto las fronteras de la enfermedad. Así, no terminaremos confundiendo la experiencia humana normal con la patología y, como lo plantean Cova et al. (2025), evitaremos la salud-mentalización social.

