Desde un campo a 14 kilómetros de Mulchén, en la provincia del Biobío, levantó una pyme que hoy produce cerca de 400 kilos diarios de queso fresco. Heredera de un saber transmitido por mujeres, su historia es la de un trabajo constante, una visión clara y una convicción profunda: crecer sin perder el origen.

A medio camino entre Mulchén y Los Ángeles, se ubica el campo donde Fanny Lastra Becerra ha vivido toda su vida. Es un terreno familiar, marcado por la historia de su padre y, sobre todo, por la memoria de su abuela y de su madre. Allí, entre potreros, animales y madrugadas largas, se fue moldeando una forma de trabajo que hoy sostiene una pyme consolidada, La receta de la abuela, y una red de distribución que alcanza a 70 negocios de la provincia del Biobío.

Su historia no comenzó con una empresa ni con un plan de negocios. Se inició con un gesto doméstico: su abuela haciendo quesos frescos para la familia. Esa receta, que también aprendió su mamá, fue el primer eslabón de una cadena que, con el tiempo, se transformó en un emprendimiento de escala mayor.

Fue la madre de Fanny quien dio el paso inicial hacia la comercialización. “Ella echaba los quesos a un bolsito y se iba para la ciudad a venderlos, y a la gente le empezó a gustar su producto”, cuenta.

Fanny creció viendo ese esfuerzo cotidiano. Cuando los pedidos aumentaron, también se acrecentó su involucramiento en la producción de quesos. Primero ayudando, luego trabajando de lleno. Su padre apoyó el proceso, levantando una pequeña sala de elaboración que permitió producir un poco más. Tras el fallecimiento de su papá, la familia buscó ayuda, postularon a proyectos y lograron construir una pequeña fábrica, una sala de pocos metros, donde comenzaron a elaborar queso de manera más sistemática. No era aún una gran producción, pero sí un paso decisivo.

La competencia desleal

Hoy, esa pequeña sala dio paso a una pyme que procesa alrededor de 1.500 litros de leche diarios y produce cerca de 400 quesos cada día. El trabajo es intenso y no se detiene. Fanny se levanta a las seis de la mañana y comienza con el pasteurizado de la leche que compran a proveedores. A las ocho y media llegan las dos trabajadoras que la acompañan, y el proceso ya está en marcha. La jornada formal para ellas termina a las cuatro y media de la tarde, pero para Fanny el día sigue. Si queda leche, continúa trabajando; luego revisa los quesos, los limpia, los gira, y más tarde se sienta a sacar cuentas. “Yo termino como a las diez de la noche… a veces a las doce, porque también hay que sacar cuentas y todo eso lo hago yo”.

La empresa funciona con cinco personas: su hijo -sociólogo de formación, que decidió quedarse en el campo- dos trabajadoras externas y su pareja. La incorporación de su hijo no es un detalle menor. Para Fanny, integrar a la familia al trabajo ha sido siempre parte del sentido del proyecto. “Mi hijo es el que comercializa”, explica. Él se encarga de la distribución diaria, recorriendo Mulchén y Los Ángeles, donde hoy tienen alrededor de 70 puntos de venta: cerca de 40 en Mulchén y unos 20 en Los Ángeles. Algunos clientes están desde el inicio y nunca han dejado de comprarle quesos. Esa fidelidad, construida a lo largo de los años, es uno de los capitales más importantes de su emprendimiento.

Además del queso fresco, Fanny produce queso añejo y manjar. Este último llegó después, como una expansión natural del oficio. Recuerda que a su madre le enseñaron a hacer manjar en cursos que se realizaban en el campo. A ella le gustó el proceso, comenzó a practicar, primero para las clases, luego para regalar a familiares y conocidos. El producto gustó, se corrió la voz y, como había ocurrido con el queso, el manjar se integró al catálogo.

La consolidación de la pyme no ha estado exenta de dificultades. Fanny habla con franqueza de los problemas cotidianos: la gestión de personas, las tensiones internas, las exigencias físicas del trabajo. También del escenario competitivo, marcado por la informalidad. “Hay muchísima gente que trabaja también en la producción de quesos, pero lo hace en forma irregular”, dice. Esa realidad presiona los precios y dificulta competir cuando se cumple con todas las normas sanitarias y tributarias.

El riego tecnificado que cambió su vida

Su esfuerzo y forma de trabajo fueron reconocidos en 2024 con el Premio Siembra, que entrega el ministerio de Agricultura. El reconocimiento llegó luego de una actividad realizada en su propio campo, donde se mostró el sistema fotovoltaico que había instalado para el riego tecnificado. Ese día, autoridades y profesionales conocieron su historia y su modelo de trabajo.  El premio fue un reconocimiento simbólico, pero abrió puertas. “Aumentaron las invitaciones, las ferias, los espacios de venta directa y, con ello, la visibilidad de su marca”. De hecho, es una de las emprendedoras que quincenalmente se instala en la Plaza de los Tribunales de Concepción, para ofrecer sus productos. Este lugar se ha convertido en un excelente punto de venta directa, reconoce.

El sistema de riego tecnificado con paneles fotovoltaicos es otro hito relevante en su trayectoria. Lo incorporó hace cerca de cuatro años, a través de un proyecto impulsado por PRODESAL e INDAP y financiado por la Comisión Nacional de Riego. El objetivo era claro: optimizar el uso del agua en un contexto de escasez hídrica.  El cambio fue significativo. Pasaron de un riego tradicional, que exigía presencia constante y largas jornadas, a uno más eficiente, que permite distribuir mejor el recurso y mejorar la calidad de los cultivos destinados a la alimentación animal.

Para Fanny, la incorporación de energías renovables y tecnología no es un lujo, sino una herramienta concreta para mejorar la calidad de vida. “No estamos gastando corriente… estamos haciendo un buen uso del agua, que es tan importante”, explica.  Hoy está postulando a un nuevo proyecto para ampliar el sistema y regar más hectáreas, convencida de que invertir en eficiencia es clave para seguir creciendo.

 Cuando se le pregunta si su vida ha sido sacrificada, responde con naturalidad: para ella, haber crecido en el campo hace que ese esfuerzo no se viva como un sacrificio. Su visión de futuro va en esa misma línea: crecer, mejorar los sistemas, ampliar la producción, pero sin perder el control ni el sentido del oficio.

Fanny Lastra representa a muchas mujeres del mundo rural que, con trabajo constante, han sabido salir adelante. Su historia muestra cómo un saber heredado de la familia se convirtió en una empresa, a partir del esfuerzo diario y sin buscar reconocimiento. En cada queso y en cada frasco de manjar hay trabajo, aprendizaje y la certeza de que hacer las cosas bien, aunque sea difícil, vale la pena.