
Dr. Jorge Maluenda Albornoz
Human-Computer Interaction Lab
Facultad de Ingeniería
Universidad de Concepción.
La conversación pública sobre la inteligencia artificial generativa suele articularse en torno a temores ampliamente difundidos. La sensación de irrupción abrupta, la opacidad de su funcionamiento y la incertidumbre respecto de sus efectos sociales rondan la conversación social acerca del tema. Estos miedos, aunque comprensibles, no alcanzan el centro del problema.
El desafío más profundo no proviene de la tecnología en sí, sino de los valores de nuestra sociedad que esta pone en evidencia, y de las estructuras de poder que la configuran.
Desde una perspectiva lingüística y sociotécnica, la IA no es simplemente una herramienta innovadora, sino un dispositivo cultural que cristaliza nuestras prioridades, sesgos y tensiones históricas.
Su uso cotidiano revela una prolongación de los valores dominantes de nuestra época: competitividad, productividad, rendimiento, inmediatez y visibilidad individual. Los sistemas generativos no nos empujan hacia estos ideales. Por el contrario, se integran con naturalidad en un entramado que ya los considera valiosos. Por esto resulta tan sencillo emplearlos para “rendir más”, producir con mayor rapidez o sobresalir en un entorno saturado de comparaciones. En este sentido, la IA opera como una extensión de un orden cultural previo, que convierte lo eficiente en deseable y lo cuantificable en valioso.
Este reflejo muestra también la existencia de una paradoja, si se considera el carácter profundamente colectivo de la IA. Sus capacidades emergen de la información global construida con millones de textos, imágenes y experiencias humanas: un archivo híbrido de lenguajes, prácticas y memorias. Sin embargo, la utilizamos para reforzar formas de autosuficiencia individual que desestiman la interdependencia colectiva que la hizo posible. Esa tensión revela una incomodidad cultural: recurrimos a un artefacto socialmente producido para aislarnos aún más, como si la colaboración fuera un recurso del que quisiéramos beneficiarnos sin el reconocimiento moral que implica su uso.
A ello se suma la ya instalada y conocida lógica materialista que convierte los datos en mercancía. En el ecosistema digital contemporáneo, la creatividad, la subjetividad y hasta la interacción lingüística se traducen en unidades cuantificables cuyo valor crece con su volumen. La IA generativa prospera bajo esta lógica extractiva porque se inserta en una cultura que convierte la expresión humana en insumo y los resultados técnicos en prestigio o capital económico. No es la técnica la que impone esta mirada; somos nosotros quienes la orientamos hacia esa economía de extracción y acumulación.

En este sentido, la IA devuelve una imagen de lo que hemos sido (y de lo que somos), pero no es un reflejo puramente neutral. Está alimentada por nuestro acervo cultural, científico y popular, y por eso reproduce sesgos, desigualdades y patrones históricos presentes en los datos que la entrenan. Pero también es una construcción política y técnica: su arquitectura, sus límites, sus aplicaciones y los riesgos que genera responden a decisiones políticas y corporativas, capacidades tecnológicas y marcos regulatorios definidos por actores con poder de financiar y orientar su desarrollo. La IA amplifica nuestras prácticas, pero también selecciona, omite y prioriza según los intereses que sostienen su producción. No refleja únicamente: también dirige la mirada.
En este contexto, el desafío ético no reside en el temor a ser reemplazados, sino en la posibilidad de que la IA consolide, a escala masiva, aquello que preferimos no revisar: nuestros valores dominantes, nuestras narrativas de éxito y las desigualdades estructurales que determinan quién tiene la capacidad de influir en su rumbo. La reflexión ética sobre la tecnología exige una crítica cultural y una crítica política simultáneas. No basta con preguntarnos qué hacemos con la IA; debemos interrogarnos sobre quién decide qué puede hacer, qué voces quedan inscritas en el modelo y cuáles se desdibujan en el proceso. Solo cuando nos atrevamos a examinar tanto nuestro propio reflejo como a quienes diseñan el espejo podrá comenzar, en rigor, la conversación tecnológica que necesitamos.

