Invertir en capital humano con propósito y sentido

/ 3 de Marzo de 2024

Dr. Jorge Maluenda A.
Académico Depto. Ingeniería Industrial
Universidad de Concepción.

En los últimos 20 años, Asia y Europa aumentaron exponencialmente su PIB, mientras que América Latina mantuvo las mismas cifras. Según un informe del FMI, en retrospectiva hacia 1990, los países asiáticos cuadruplicaron su crecimiento, en contraste con nuestra región, que solo lo ha mantenido.

Según Bakker y colaboradores (2020), la tentación es culpar a la inversión. Sin embargo, plantean que la observación comparativa de la experiencia de Europa central, oriental y sudoriental pone en entredicho esta idea, dado que han logrado, en perspectiva de 1990-2019 (pre-pandemia), un crecimiento mucho más rápido que América Latina y con menos inversión que Asia.

Los datos muestran que, si bien la inversión aumenta el PIB, esta lo hace hasta cierto punto donde, luego, la inversión comienza a disminuir. El elemento diferenciador es la productividad o, en otras palabras, la capacidad que tenemos de hacerlo mejor con los mismos insumos, premisa fundamental de la perspectiva del capital humano.

En América Latina este mensaje fue adoptado con fuerza desde comienzos del siglo XXI, con un énfasis relevante en la inversión en educación superior, y con un cambio de paradigma hacia la llamada educación basada en competencias. Esta mirada, proveniente del paradigma economicista, ha influido fuertemente sobre la estandarización y la planificación estratégica del proceso educativo y, también, sobre los métodos de enseñanza, aprendizaje y evaluación.

Progresivamente, ha llevado, además, a un énfasis muy relevante sobre el control y la rendición de cuentas. Sin ir más lejos, buena parte de los recursos para educación superior están condicionados a indicadores de gestión como empleabilidad, retención universitaria, titulación oportuna, entre otros.

Son innegables los aportes del capital humano en educación superior a la organización, planificación, administración efectiva y el aprendizaje institucional, que tienen su corolario en muchos buenos efectos sobre la calidad de la gestión y de la habilitación laboral. Sin embargo, también son diversos los problemas y desafíos pendientes que permitan tener una mirada más clara de sus contribuciones y, en consecuencia, que nos aporten aprendizajes significativos para mejorar nuestros esfuerzos.

Una de las grandes críticas de esta mirada es el excesivo foco de los esfuerzos en la productividad económica, lo que erige el gran desafío de avanzar hacia una mirada que supere los indicadores económicos como brújula, y que se oriente a empujar la resolución de los problemas relevantes de la sociedad. Los más críticos adjudican a esta forma de comprensión de la educación el alineamiento social y la falta de humanismo: dejan fuera el placer del aprendizaje, el desarrollo personal y la educación como transformación de lo establecido.

“El capital humano con propósito y sentido, planificado y con músculo es la herramienta que convierte el esfuerzo en productividad, y puede ser, el que transforme la productividad en desarrollo”.

Nuestros sistemas educativos tienen una misión relevante en mantener estos valores esenciales inherentes al acto de aprendizaje, en amistad con la efectividad.

En segundo lugar aparece la crítica sobre el incumplimiento de la promesa del capital humano: la inversión en educación no necesariamente reditúa a nivel personal y social. Un elemento crucial que permite explicar esta carencia es la omisión de la influencia de la desigualdad socio económica sobre la relación que tienen la educación y la rentabilidad. Ha sido ampliamente mostrada la diferencia que existe en esta relación en función del origen social, económico, regional (centralización), el género, entre otros, que imponen un enorme desafío no solo al diseño de un sistema educativo más inclusivo, que impulse el talento y desarrolle capacidad, sino que también a un sistema laboral que consolide los esfuerzos del anterior.

En tercer lugar aparece la planificación estratégica nacional y, tal vez, regional. Los países de América Latina tienen el desafío de encontrar una nueva estrategia (frente a los recursos naturales) para el desarrollo económico y social que tenga como base la innovación y el conocimiento. Como plantea Mariana Mazzucato, los países deben encontrar e invertir en las áreas en las que puedan ser competitivos para poder desarrollarse. De este modo, el capital humano debe seguir una estrategia clara, con esfuerzos sistemáticos, bien planeados y con una fuertísima inversión. Me atrevería a ir más allá señalando que debería arriesgarse, por ejemplo, en aquellas áreas donde existe fortaleza o en planos que en mediano y largo plazo demuestren potencial, alineando la política educativa, laboral y las estrategias de competitividad en un claro afán por encontrar caminos productivos para los países a nivel económico y en la creación de valor social, ambiental y tecnológico.

El capital humano con propósito y sentido, planificado y con músculo es la herramienta que convierte el esfuerzo en productividad, y puede ser, el que transforme la productividad en desarrollo.

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