Juan Zuchel, médico: ¿Con qué les íbamos a pelear? ¿Con piedras?

/ 9 de Septiembre de 2023

 

        Por Pamela Rivero Jiménez.

Era delegado de Trabajos Voluntarios de Las Higueras. Un sector que se había ido formando durante el gobierno de Juan Antonio Ríos, para los trabajadores de Huachipato. Habíamos sido uno de los primeros en llegar a vivir ahí, porque mi papá era trabajador de la usina. El gobernador de Talcahuano durante la Unidad Popular, Estanislao Montoya, me nombró delegado. El trabajo consistía en promover que las instituciones se involucraran en actividades de ayuda a la comunidad. Limpiábamos escuelas, despejábamos microbasurales que aparecían cerca de las casas o en sitios eriazos. Organizábamos actividades para los niños, e incluso recuerdo que para las últimas Fiestas Patrias antes del golpe, hicimos una ramada para ellos que se llamó Cauro Chico, donde solo se vendían empanadas, dulces, y bebidas y leche.

A mí no me pagaban por ese trabajo, pero era algo que hacía con muchas ganas, porque era mi forma de apoyar al gobierno, pero, también, porque me lo había pedido don Estanislao, que fue mi profesor en el Liceo de Talcahuano. En 1972 nos propusimos un desafío más grande. Queríamos construir un recinto deportivo que tuviera una cancha y una biblioteca. Habíamos trabajado harto juntando plata para ese sueño que iba a ser un lujo para nuestro sector. Ya teníamos 40 sacos de cemento para la base de la cancha, cuando vino el golpe militar, y el proyecto se fue al carajo, tal como pasó con la vida de varios de nuestros voluntarios.

Para esa fecha yo tenía 28 años. Estaba casado, tenía cuatro hijos (fui papá por primera vez a los 18) y cursaba tercer año de Medicina en la Universidad de Concepción. Estudiaba con la ayuda de una beca deportiva por jugar fútbol por el equipo universitario que me había dado el rector Edgardo Enríquez. La beca me eximía del pago de la matrícula y me daban 500 hojas de roneo para tomar apuntes. Pero había que parar la olla en la casa, así es que también trabajaba como vendedor de artículos electrónicos.

El 11, como muchos chilenos, me desperté con la noticia del golpe de Estado. Vivíamos en el tercer piso del bloque 150 de la calle Alto Horno en Las Higueras. Me fui a la calle para buscar más información. En el camino, un vecino me dijo “qué bueno que hubo un golpe porque los de la UP nos tenían aburridos”. Recuerdo que le respondí, cómo que qué bueno, y seguí caminado. En ese entonces no lo imaginé, pero la adhesión o la oposición a los militares dividiría a muchos vecinos y a amigos.

En la calle me enteré de la muerte del presidente Allende, mientras veía pasar camiones y buses llenos de marinos por el centro de Talcahuano. Entendí que no había cómo oponerse a lo que se venía. ¿Con qué les íbamos a pelear? ¿Con piedras? Los carabineros nos mandaron para la casa. Ya en ella, me hice una idea de que vendría una persecución grande. Sabíamos que había quemar los libros y la propaganda de la UP con la que trabajábamos. Hoy pienso en que menos mal que los hicimos, porque días después, durante la madrugada, cuatro marinos, metralletas en mano, golpearon nuestra puerta. Dijeron que buscaban armas. Nos hicieron pedazos hasta los colchones. No encontraron nada, pero me advirtieron que me portara bien, porque me tendrían vigilado.

Los días siguientes fueron difíciles. Teníamos miedo de que nos detuvieran o nos mataran. En la universidad las cosas también cambiaron. Al rector que me había becado lo tomaron preso y lo reemplazó Guillermo Clericus, que fue designado por los militares. Fue una época dura. La incertidumbre, el temor y el dolor nos acompañaron durante años. Pero a pesar de las dificultades, no perdimos la esperanza, y así fue como ese miedo se convirtió en fuerza para trabajar por recuperar la democracia, que era lo que más importaba.

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