Desde el Valle Curico, a 20 kilómetros de Lebu, esta dirigenta ha hecho de la cooperación, el trabajo comunitario y la defensa de las mujeres rurales una forma de vida.

Lucía Millanao Cisterna no concibe la quietud. Vive en el valle Curico, un sector distante a 20 kilómetros de Lebu, donde su rutina diaria comienza muy temprano y rara vez termina con luz. Desde allí articula una red de vínculos que cruza juntas de vecinos, organizaciones de mujeres y proyectos colaborativos que buscan mejorar la vida de quienes habitan el campo. Delegada de la Mesa Regional de la Mujer Rural e Indígena, Lucía es una lideresa social que ha hecho del hacer, más que del decir, su principal forma de liderazgo.

Nació en ese mismo territorio, aunque su infancia estuvo marcada por el ir y venir. “Yo nací ahí, pero después nuestros papás nos enviaron a Cañete”, recuerda. Como muchos niños y niñas del campo, tuvo que dejar su casa para estudiar. En Cañete, ella y sus 10 hermanos vivían solos. Por eso, la organización cotidiana no admitía descuidos. “Nos pasaban un quintal de harina y había que hacer pan, había que hacer todo”. El regreso al campo los fines de semana tampoco era fácil: escaseaban los buses y muchas veces había que caminar largos tramos.

A los 18 años, Lucía se fue a Santiago. Allí estudió y trabajó durante 25 años. Es técnico paramédico de formación y aprendió distintos oficios ligados a la salud. Sin embargo, el vínculo con su tierra nunca se rompió. “En el 2004 me volví a mi tierra. Porque ahí están las raíces”, dice, y agrega una convicción que atraviesa todo su relato: “Yo no extraño nada de la ciudad. Nada, nada”. Volvió con un hijo pequeño y sin un plan definido, más allá de la certeza de que en el campo siempre había algo que hacer. Se instaló en la casa de su madre y comenzó ayudando en las labores cotidianas: animales, huerta, cuidado familiar. “A mí me gusta más estar afuera de la casa… la rutina no, no me gusta”.

Ese rechazo a la inmovilidad la empujó pronto al trabajo comunitario. Se acercó al municipio, buscó espacios y terminó a cargo de una sala de información turística en el sector de Pehuen. Luego vinieron los talleres, especialmente, con mujeres. Fue parte de una organización llamada Las Arañitas, donde cosían, bordaban y producían para escuelas y el municipio. “Hacíamos uniformes, delantales, cortinas… en la época de las mascarillas, hicimos cinco mil mascarillas”, relata. Todo dentro de programas de Proempleo, pero también con una lógica de cooperación que fue fortaleciendo su rol como dirigenta.

“¿Cómo uno los iba a dejar abandonados?”

El liderazgo llegó de manera natural. En 2018 fue elegida presidenta de la Unión Comunal de Juntas de Vecinos. Fue la única mujer en un espacio dominado por hombres y no lo tuvo fácil, pero su carácter firme y su decisión le permitieron sortear todos los escollos.

 Durante la pandemia, su compromiso como dirigente social se volvió aún más visible. Mientras muchos se replegaron, ella siguió yendo al municipio, incluso a escondidas para gestionar la oficina de la unión comunal.

Caminaba kilómetros desde el campo para tomar un bus, tramitaba documentos, compraba medicamentos, retiraba dinero del banco para vecinos que no podían salir. “¿Cómo uno los iba a dejar abandonados?”, se pregunta. Fue, según cuenta, el periodo en que más se requirieron certificados y gestiones comunitarias, y ella estuvo ahí.

Aunque dejó la presidencia de la Unión Comunal de Lebu en 2023, porque “tiene que haber recambios”, su agenda sigue llena: es la delegada de la Mesa Regional de la Mujer Rural e Indígena, integra la comunidad indígena Curico, la junta de vecinos de su sector y la Red Nacional de Comunidades Preparadas frente a incendios. En ese ámbito, el trabajo es mayoritariamente familiar: vigilancia, cortafuegos, manejo de herramientas. “Uno ve un humo y después no sabe dónde va a terminar”, dice, consciente del riesgo permanente en zonas rurales.

El agua, su identidad mapuche y su proyecto de turismo rural

El tema del agua atraviesa su vida cotidiana y su acción social. En Curico no cuentan con agua potable tratada. Se abastecen con punteras, camiones aljibe y recolección de agua lluvia en invierno. La escasez condiciona todo: la huerta, la alimentación, los proyectos productivos. Aun así, Lucía no se instala en la queja. Participa en encuentros nacionales donde el agua y el desarrollo rural son temas centrales, busca información y alternativas, aunque reconoce las dificultades: “El tema del agua cada vez se pone más crítico”.

Su vínculo con la identidad mapuche está profundamente ligado al territorio y a la alimentación. “La alimentación es lo principal”, explica. Recuerda a los mayores que vivieron más de 100 años gracias a una dieta basada en piñones, frutos silvestres, habas y algas. Desde la comunidad han impulsado capacitaciones prácticas, donde se cocina con productos locales: hortalizas, miel, huevos, algas y mariscos. “Que no sean cursos tan fomes”, dice, defendiendo el aprender haciendo.

Ese mismo espíritu práctico sostiene hoy su principal proyecto: una iniciativa de turismo rural colaborativo que espera consolidar plenamente el próximo año. En su propio territorio está levantando una oferta que combina gastronomía casera, venta de productos locales, experiencias campesinas y articulación con otros vecinos.

La vida diaria de Lucía es tan intensa como su trayectoria. Se mueve entre dos casas (la suya y la de su hermano), cuida animales, mantiene su huerta, hace aseo, cocina y acompaña y cuida a su hermano mayor. “Yo ando todo el día”, dice sin dramatismo. Camina por caminos de ripio, se cae, se levanta y sigue. Recoge perros abandonados, los cuida, los esteriliza cuando puede. Todo parece parte de una misma lógica: hacerse cargo.

Cuando se le pregunta cómo se define, responde sin grandilocuencia: “Yo creo que yo soy inquieta. Me gusta cooperar en lo que yo pueda. Y cuando yo no puedo, busco dónde encontrar la solución”. Su filosofía frente a los problemas es clara y simple: “Si no tiene solución, ¿para qué voy a llorar?… No hay que echarse los problemas a la espalda. Hay que dejarlo al ladito”, dice.

Lucía Millanao no habla de futuro en abstracto. Lo construye todos los días, a paso firme, desde el campo, con otras y otros. Incansable no como un adjetivo, sino como forma concreta de estar en el mundo.