La inspiradora historia de Dagmar e Igor, la paloma que conquistó su corazón

/ 13 de Diciembre de 2023

Hace dos años encontró un polluelo de paloma en la calle. La llevó a su casa y la cuidó hasta que terminó adoptándola. Su historia se hizo conocida cuando Igor estuvo perdida durante tres días. Justo el fin de semana en que a Concepción la azotó uno de los temporales más intensos del último tiempo. Tras su reencuentro, la cuenta de @igorlapaloma en Instagram no ha dejado de crecer en número de seguidores, lo que ha permitido a Dagmar mostrar su día a día y, lo más importante, sensibilizar sobre la dura vida de las palomas que viven en las calles, “de las sobrevivientes”, recalca.

Por Pamela Rivero Jiménez.

“Si me ves por ahí, ayúdame a volver a casa”. Eso decía un mensaje que el 19 de agosto pasado comenzó a compartirse en los grupos de WhatsApp de vecinos de Pedro de Valdivia, en Concepción.

“En mi casa están muy preocupados, y solo quieren que regrese”, continuaba el aviso que se había generado en una historia de Instagram, y que en pocas horas había tenido miles de reacciones, incluso desde Japón, Estados  Unidos, España y Argentina.

Quien pedía ayuda era Igor, una paloma de casi dos años, a la que algunos penquistas ya conocían por su cuenta de Instagram @igorlapaloma, donde con fotos y videos se mostraba su particular vida junto a la pareja penquista que la integró como mascota a su familia.

Se había perdido el día anterior, desde un edificio cercano a la avenida Alemana, en la capital regional. Al parecer, una corriente de aire abrió la única ventana sin protección de su departamento, creando una oportunidad que Igor no dudó en aprovechar para salir. Eso cree Dagmar Muschen, la “humana” que en el 2021 la encontró en la calle, justo cuando la estaba picoteando un tiuque. Tenía solo unos días de vida.

“La vi crecer, que sus alitas amarillas tomaran otro color. La ayudamos a volar. Todo eso me hace conocerla y distinguirla donde sea”, decía ella. Pero para las demás personas, diferenciar una paloma de otra, y así poder reconocer a la que estaba perdida, era imposible. Eso hizo que durante la búsqueda de Igor surgieran muchos datos erróneos sobre su paradero.

Solo tres días después de su desaparición, un mensaje resultó esperanzador.
A unas dos cuadras del departamento donde vive Dagmar junto a su pareja, una persona aseguraba haber visto a una paloma que se acercaba mucho a las ventanas de su edificio. “Es bien ‘catete’, me dijeron, y pensé, es la Igor, así es que partí a buscarla”.

Con la ayuda del conserje, recorrió cada piso del lugar, pero ya no estaba. Cuando se iba, desesperanzada, vio volar a una paloma cerca del piso 10. Por la distancia, no podía saber si era o no, por eso se apuró en sacar una bolsa con semillas, y con un peculiar silbido, comenzó a llamarla. En cosa de segundos, Igor estaba de nuevo en sus manos.

Igor recién rescatada. Tenía un mes de vida.

Pasaron los días, y ahí recién Dagmar reparó en la repercusión de todo lo ocurrido. Los seguidores de @igorlapaloma en Instagram habían aumentado de 1.500, a un poco más de 4.500, y en la casilla de mensajes se acumulaban miles de notas sin leer.

Esa empatía e interés que despertó la búsqueda de su palomita, la motivó a seguir usando las redes sociales para educar y concientizar sobre lo difícil que es la vida de estas aves tan presentes en las calles de las ciudades, y para explicar cómo algunos detalles tan simples, como ofrecerles agua limpia para beber, podría mejorar su existencia.

Se queda

“Cuando hace dos años llegué con la Igorcita recién rescatada a la casa, le dije a mi pareja que la iba a cuidar hasta que pudiera volar. Y que ahí se iba. Pasó el tiempo, aprendió, pero nunca se fue”, dice Dagmar. Eso le hace creer que ese fin de semana de agosto, cuanto estuvo perdida por 72 horas, ella solo quiso asomarse por la ventana, pero el viento propio del temporal que azotaba ese día a la zona, la debió haber llevado hasta un lugar desde el cual no supo cómo regresar.

“A Igor no la baño ni tampoco la limpio con un trapito. Si se ve así de bonita y de radiante, es porque se asea diariamente, dice Dagmar.

Recuerda que los primeros días con una paloma como mascota dentro del departamento no fueron fáciles. Un veterinario la revisó, la desparasitó y les entregó las primeras orientaciones. Internet fue también la fuente donde la nueva familia de Igor se instruyó para conocer sobre el cuidado de las palomas. Uno de los desafíos más complicados era que aprendiese a volar “indoor”. Hay videos en la cuenta de Instagram donde se ve cómo Dagmar impulsa suavemente con sus manos a una pequeña Igor para que haga el intento de mover sus alas.

Dagmar con Igor en la azotea del edificio en que viven. “La llevaba allá para que emprendiera el vuelo y fuera libre. Jamás se fue”.

Cuando logró volar le permitieron “salir”, conscientes de que tenía que llegar el día en que Igor iba a emprender el vuelo para vivir como cualquier otra paloma. Pero no lo hacía. Salía por el balcón, y se mantenía revoloteando siempre apegada al edificio. A veces, como mucho, subía algunos pisos. En una de esas exploraciones, se acercó demasiado a un balcón donde había un perro que de un tarascón le sacó todas las plumas de la cola: “Le sacó las timoneras, que son las plumitas que les sirven para dirigir y frenar el vuelo”, explica Dagmar. Sin esa herramienta, Igor tuvo que permanecer solamente dentro del departamento hasta que de nuevo crecieran las plumas que le permitirían mantenerse en vuelo.

Esta es la piscina donde se baña de Igor. El agua se cambia a diario.

“Ese tiempo hizo que se domesticara al máximo, al punto que después ya casi no quería salir”. Esa experiencia le permitió entender a Dagmar lo que había leído sobre lo fácil que una paloma podía domesticarse y generar vínculos con quien las cuida desde pequeñas.

“Ella hasta hoy me acompaña un montón en mi día a día. Le gusta estar en todo. Yo estoy haciendo aseo, y está en mi hombro. Me voy a ver tele, y se va a echar conmigo un ratito, y me pide cariño”.

¿Cómo hace eso? -Se acerca y hace un ruidito particular. Se agacha, baja todo el cuerpecito y te pide cariño rozándote con su piquito de una manera muy suave, responde Dagmar.

La médico veterinaria y directora del Centro de Rehabilitación de Fauna Silvestre de la USS en Puerto Montt, María Violeta Barrera, explica que lo que se genera en esos casos es una especie de vínculo afectivo, en esta situación, entre la paloma y las personas que habitualmente la rodean. “A eso le llamamos impronta”, señala. Eso sucede cuando se crían junto a otros que no son de su especie, lo que puede traer aparejados comportamientos que las hacen dependientes de sus cuidadores, pues no saben cómo formar grupo con otras palomas, no saben dónde buscar agua, comida o refugio. Tampoco pueden detectar el peligro y, menos, defenderse de depredadores.

La especialista de la USS agrega que si este vínculo se rompe, ya sea porque se regala la mascota o como ha ocurrido en los casos de fallecimientos de la persona que los adopta, hasta pueden producirse alteraciones psíquicas en los animales. “Ocure con los loros y con otras especies también. Es un apego muy fuerte”, recalca. Por ello tampoco pudo prosperar la idea que tras el “capítulo del perro” cruzó por la cabeza de Dagmar, de entregar a Igor a un amigo que tenía una casa con un gran patio para que tuviera un espacio más grande para su bienestar.

“Me daba mucha pena, pero pensaba que a la Igor tampoco podíamos tenerla encerrada en el departamento para que no se escapara, porque se iba a estresar. También estaba el tema de la caquita que iba dejando por todos lados”, señala Dagmar, aunque advierte que por su alimentación -con semillas y granos-, el excremento de una paloma doméstica es distinto al que dejan las que viven en la calle, porque estas se alimentan de lo que encuentran.

“Pero así y todo el asunto de la limpieza era un tema, sobre todo porque por mi trabajo, hago turnos de 12 o 24 horas. En esos espacios donde no estoy, toda la responsabilidad recae en mi pareja”. Cuando le comentó a una veterinaria la idea de regalar a Igor, ella le contestó. “Inténtalo, pero te juro que va a tratar de volver a lo que ella considera su hogar”. También les indicó que debido a que Igor no había desarrollado suficientemente
su musculatura como para volar grandes distancias y tampoco sabía cómo buscar su alimento, podía correr muchos peligros en su camino de regreso a casa.

“Yo solo lloraba, porque no podía exponerla a ese peligro. Ahí mi pareja me dijo, bueno, que se quede”. Era oficial, lgor era parte de la familia.

Sobrevivientes

El nombre que Dagmar escogió para su paloma fue una idea de su hermana, quien la vio y dijo que tenía cara de Igor, así es que comenzaron a llamarla de esa manera. “Para saber el sexo, teníamos que hacerle una ecografía, pero no quisimos hacerla pasar por ese estrés.

“La naturaleza dirá, fue lo que pensé”. Y la naturaleza habló el día en que Igor puso
su primer huevo. Era hembra, “pero a esa altura ya no le íbamos a cambiar el nombre”, señala.

La médico veterinaria María Violeta Barrera explica que se ha documentado que con buenos cuidados, una paloma puede vivir hasta 20 años, y por eso apela a la tenencia responsable. Una realidad muy distinta de lo que sucede con las palomas de las calles, cuya vida es corta, porque están expuestas a ataques de otros animales, a traumatismos, a enfermedades y a un dolor que para los humanos es imposible de dimensionar: los estrangulamientos en los dedos de sus patas que les provoca el cabello humano, y que termina amputándoselos. “Por eso es por lo que se les suele ver cojeando, con un dedo menos o tratando de caminar con sus muñones”, afirma la especialista.

Para evitar nuevos escapes, Dagmar y su pareja instalaron una malla de seguridad en el balcón que abarca toda un ala del departamento. De esta manera, Igor sale a tomar aire y sol cuando ella quiere. Paralelamente, comenzaron a entrenarla, con ruidos y premios, para que se desplazara de un lado a otro y así fortaleciera sus músculos. “A veces también aprovecho el largo del pasillo del edificio para que ella practique”, dice.

Al entrar a su departamento, lo primero que se escucha es el sonido que provoca el revoloteo de la paloma. Es intenso. De pronto aparece Igor y, sin temor, se posa en la cabeza del invitado. Para no incomodar a las visitas, Dagmar la llama usando su bolsita de semillas, y ella se traslada hasta la mano de su humana, donde encuentra el alimento prometido. Como lo haría un perro o un gato, Igor se desplaza por todas las habitaciones del departamento. No molesta, ni menos, causa destrozos.

Llama la atención que usa un traje de tela que parte en su cuello y llega hasta su cola. Dagmar lo vio en unas páginas de internet europeas. Esa prenda funciona como un pañal que evita que la paloma bote los excrementos en cualquier parte. “Hicimos un trabajo muy cuidadoso para acostumbrarla con su trajecito. “Partí poniéndoselo 15 minutos en la mañana y 15 en la tarde por cuatro días. Luego subimos a 20, y así fue aumentando, muy de a poquito. Ya lo estamos ocupando hace casi dos meses y no veo que sea un problema que la moleste”.

Un cuidado que también es esencial es respetar las horas de sueño que necesita una paloma. “Al principio, ella nos acompañaba hasta que nosotros decidiésemos acostarnos. Luego aprendimos que necesita oscuridad y tranquilidad para dormir”.

Por eso destinaron un baño pequeño del departamento para esos fines. Las manillas de la puerta y otras partes están forradas con cáñamo que le permitan un mejor agarre. Ahí, en la oscuridad, logra el descanso que necesita.

Otra de las peculiaridades de Igor es su gusto por el agua. Tiene una mini pileta en el balcón donde se baña frecuentemente, sobre todo si está a una temperatura cálida. Dagmar explica que a las palomas les gusta acicalarse, es decir, se picotean las plumitas para ir removiendo la suciedad. “Yo a Igor no la baño ni tampoco la limpio con un trapito. Si se ve así de bonita y de radiante, es por su propio mérito. Porque vive y come bien, y porque se asea así diariamente”. Las de la calle, en tanto, intentan limpiarse con lo que encuentran. “A veces he visto palomitas mojándose en una poza de agua mezclada con aceite de auto, porque se las arreglan con lo que hay. Entonces cómo no van a estar todas sucias y enfermas”, se pregunta.

Desde su encuentro con Igor, Dagmar ha rescatado a otras palomas, que ha cuidado y luego ha dado en adopción. Su historia con Igor ha ido despertando el interés por tenerlas como mascotas. En su Instagram comparten vivencias con otras 40 familias chilenas que viven con palomas en sus casas.

Otra mascota convive con Dagmar, una perrita de casi nueve años que heredó de su familia. No tienen problemas de convivencia con Igor.

Pienso que he estudiado tanto sobre las palomas, que inmediatamente me doy cuenta cuando alguna en la calle está enferma”. Es como un radar que a veces no quisiera tener, porque no se puede ayudar a todas. “Antes de tener a la Igor, ya amaba a las palomas. Siempre las encontré hermosas, pero ahora que soy mucho más consciente de lo difícil que es la vida de ellas en las calles, uno como que las ve con una pena constante. Disfruto mucho tener una paloma, y por eso me gusta aportar informando sobre sus cuidados o rescatando a otras para que sean adoptadas”, cuenta.

Sabe, dice, que en Chile las palomas son una plaga, y que para muchas personas son sinónimo de suciedad y las causantes de harto daño en techos u otras partes del hogar. “Pero si hiciéramos cosas tan pequeñas, como dejar en las calles agua limpia para que beban, y granos en ciertos sectores para que se puedan alimentar, ellas no estarían buscando comer en los basurales, alimentándose de lo que encuentren. Las ayudaríamos
a vivir mejor. Las palomas son unas sobrevivientes, y eso muy pocas personas lo saben”, sentencia.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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