Lorena Basualdo González
Psicóloga Clínica – Educacional
Licenciada en Piscología
Universidad de Viña del Mar.
Salud Mental y Desarrollo Socioemocional
Universidad Católica de Temuco.
La infancia temprana es ese territorio del que no se regresa con palabras, sino con impresiones. Muchos adultos individualizan recuerdos definidos de sí mismos a la edad de dos o tres años: una escena en el patio de la casa, una silueta en el umbral, una frase pronunciada por alguien. Sin embargo, la mayoría de ellos no corresponden con la experiencia registrada en la conciencia del niño, sino con la formación de la memoria, una construcción simbólica que fusiona los relatos ajenos, las emociones tempranas y las futuras necesidades psíquicas.
La memoria no es una cinta que graba hechos de manera única y presenta copias. Es una creación viva, reconfigurada y olvidada a lo largo del tiempo, en la que se realizan obras de reelaboración y fantaseo. Lo que se mantiene del pasado no es la huella, sino fragmentos, imágenes, tonalidades afectivas, escenas que han sido editadas, a veces incluso inventadas, para organizar la experiencia y darle continuidad al relato interno de quienes fuimos y quienes somos.
Esta lógica subjetiva se vuelve especialmente relevante al pensar en un fenómeno, universal como la amnesia infantil. Los primeros tres o cuatro años de vida no tienen totalmente constituidas las estructuras neurológicas que permiten el almacenamiento de recuerdos explícitos (hipocampo y otras estructuras cerebrales), y el lenguaje, que da forma narrativa a la experiencia, aún no se ha consolidado lo suficiente. Por lo tanto, las experiencias tempranas dejan marcas profundas, pero rara vez las accedemos en la forma de recuerdos conscientes. No se recuerdan con palabras, pero “se saben” en el cuerpo, en la sensibilidad, en los gestos, en las emociones en ciertas disposiciones relacionales o modos de habitar el mundo.

Con el tiempo, y gracias al relato reiterado en nuestras familias, sabemos que de chicos nos encantaba escondernos, que una vez lloramos toda la noche o que de bebé nos perdimos en la playa. Entonces, como niños empezamos a incluir escenas contadas por otros, que aseguramos como propias. Retratadas una y otra vez, evocan imágenes en la mente, sensaciones, incluso inventos internos que se van coloreando con imágenes mentales, sensaciones que otorgan cuerpo y forma al relato. Estos son los llamados recuerdos construidos que no se refieren necesariamente a la experiencia consciente, sino que realizan una función psíquica fundamental: mantienen la sensación de identidad y continúan tramando el guion de nuestra vida emocional.
Una de las películas que mejor ha representado este proceso de extremada delicadeza en el arte del cine es El espíritu de la colmena, del director español Víctor Erice, película ambientada en un pequeño pueblo castellano de la posguerra. Retrata el mundo interior de Ana, una niña de seis años, quien, tras ver Frankenstein por primera vez, huye sin hablar. Una propuesta visual llena de revelaciones, silencios y presencias: otra mirada de la infancia, no como pasado, sino como un mundo sensorial, fragmentado, en el que lo real y lo fantaseado se entrelazan sin fronteras claras.
Ana no recuerda ni entiende. Vive, siente, imagina. No es la película de terror que vio, no es la ficción del monstruo. Ana ama a Frankenstein. En este gesto poético, la película ilustra con fuerza cómo los recuerdos en la infancia no son archivos históricos, sino territorios de sentido.
En el trabajo clínico no interesa verificar si los hechos infantiles se recuerdan correctamente, sino de comprender qué función cumplen hoy. La historia no se recupera, se reescribe. Pero lo que se olvida, sigue actuando, ya sea como síntoma, repetición o sensación difusa. El recuerdo, por lo tanto, no solo se refiere al pasado, sino también a un evento del presente que mantiene una configuración con la que nos relacionamos con nosotros mismos, con los otros y con lo vivido.
Entre lo vivido y lo contado, entre la emoción y la palabra hay una línea sutil trazada que es parte de la materia misma de la subjetividad. Recordar, así, implica no solo evocar, sino también echar mano. Y en eso, lo simbólico pesa tanto como lo histórico. Al fin y al cabo, lo que importa no es que recordemos cómo fue, sino si aquello que rememoramos nos permite nombrar lo que alguna vez no pudo ser dicho.

