María y el profe Sebastián: una dupla única

/ 9 de Mayo de 2024

Ella es una mamá fuera de serie y, su hijo, un luchador incansable. Él enfrenta desafíos diarios debido a la artrogriposis múltiple que desde su nacimiento limita su movilidad. Ella, en tanto, es el apoyo incansable, que lo ha escoltado en un camino excepcional que hoy lo tiene dictando clases en una universidad y paralelamente, cursando un doctorado en el área de Economía de Negocios.

Desde el acompañamiento discreto pero vital que esta madre ha entregado, hasta su dedicación inquebrantable, toda su historia es un relato de amor, sacrificio y triunfo que inspira y conmueve.

 

Por Pamela Rivero Jiménez.

Jueves, 10.40 de la mañana, Sebastián Cid y María Gutiérrez llegan, como siempre, juntos a la Universidad del Desarrollo, en Concepción.

En la recepción los reciben con una familiaridad y calidez especial. Ellos también devuelven ese saludo de forma cariñosa, y toman el ascensor al segundo piso, a la Facultad de Economía y Negocios, donde la presencia de ambos tampoco pasa inadvertida. Ahí se quedan un rato, y cuando van a ser las 11 de la mañana, suben un piso, para entrar a clases.

Sebastián se dirige a la sala 301, mientras María lo observa hasta que cruza la puerta del salón.

Sebastián es ingeniero comercial y docente de macroeconomía en la carrera de ingeniería comercial de la UDD. María es su mamá. Que ella lo acompañe ese día a la universidad no es una situación excepcional. Es parte de una rutina que ambos iniciaron hace casi 10 años, desde cuando él comenzó la educación superior.

Mientras Sebastián dicta su asignatura, ella se mantiene atenta a sus necesidades, ya sea esperando pacientemente en el pasillo o proporcionando apoyo práctico cuando él lo necesita.

Sebastián nació con artrogriposis múltiple congénita, una enfermedad que produce debilidad muscular, rigidez y contracturas en las articulaciones, limitando el movimiento. A él le afecta las manos, los brazos, sus piernas y pies.

Para desplazarse, utiliza una silla de ruedas eléctrica que puede controlar con el escaso movimiento que le permite su mano derecha.

María es la columna vertebral de la rutina de su hijo. A lo largo de los años, ha sido su apoyo incondicional 24/7. Pero esa presencia constante es mucho más que un acto de acompañamiento. Es un testimonio de amor de una madre que, con todas sus fuerzas, ha escoltado a su hijo en el camino que decidió recorrer para cumplir sus sueños.

La odisea para llegar a la escuela

Desde el momento en que Sebastián llegó al mundo, hace 30 años, las vidas de María y de su marido, Óscar, tomaron un giro inesperado. La noticia sobre la condición de su primogénito los sorprendió, dejándolos con muchas preguntas sin respuestas y temores desconocidos, sobre todo porque se trataba de un diagnóstico poco frecuente. “Nos dijeron que al año nacía un niño con esta enfermedad”, recuerda ella.

Tenían claro, por lo que les explicaron los médicos, que su condición limitaría su movilidad de por vida, “pero también nos comentaron que se podían hacer cosas para que estuviera mejor”, dice. Y por eso se dirigieron al único lugar donde podían ayudarlos: la Teletón. A los 18 días de vida, Sebastián entró al centro de rehabilitación de San Pedro de la Paz, donde María y su esposo se sumergieron en un mundo de tratamientos médicos, terapias y operaciones para su hijo.

La familia vivía en Cambrales, un sector rural ubicado a nueve kilómetros de Yumbel, en la provincia de Biobío. Por las terapias, ella y su hijo permanecían varias semanas en la capital regional. Pasaban todo el día en la Teletón, y en las noches se hospedan en la casa de una conocida.

“En la Teletón no solo lo ayudaron a él, nosotros también aprendimos mucho, porque se conocen a otros papás con casos iguales o peores, y todo eso a uno le enseña y le da fuerzas para seguir luchando por su hijo”, cuenta ella.

Cuando Sebastián cumplió cinco años, no hubo dudas ni en él, ni en sus papás, de que, como cualquier niño de esa edad, tenía que entrar al kinder. La escuela más cercana que tenían era la 1105 de Cambrales. Un establecimiento rural donde, señala María, “jamás hicieron  diferencias, y siempre le dieron todo el apoyo que necesitaba”.

Aunque había un “pero”, pues para llegar al establecimiento tenían que caminar más o menos 20 minutos. No había auto en la casa y tampoco presupuesto para costear un furgón escolar. Con Óscar, el padre, se turnaban para ir a dejarlo. Eso, durante “los días de buen tiempo”, porque en el invierno, el trayecto les ponía muchas dificultades. “Ahí mi marido se levantaba como a las cinco de la mañana para ver si había que alguna parte del camino por donde teníamos que pasar”.

Con ese tema ya resuelto, regresaba a buscarlos, y partían a la escuela. “Teníamos que ir los dos porque a veces había tanto barro que la única forma de pasar era levantando la silla de ruedas. Además, salían bien temprano, porque Sebastián entraba a las ocho de la mañana, y no le gustaba llegar atrasado. “Todavía es así”, rememora María Gutiérrez.

_¿Será que él heredó de ustedes ese espíritu de esfuerzo y de determinación?

_Tal vez, reflexiona ella.

Su escueta respuesta revela mucho sobre su naturaleza. Es una mujer sencilla, que no necesita tantas palabras para expresar su dedicación o, quizás, no sea plenamente consciente del inmenso esfuerzo que realiza por su hijo, simplemente, porque siempre fue así.

Pasan unos segundos y dice, “lo que pasa es que Sebastián siempre está bien. No pelea. No se queja, siempre anda alegre. Eso debe ser lo que más lo ha ayudado, y lo que a mí me da fuerzas para seguir acompañándolo”.

En la UdeC, los dos

A medida que Sebastián crecía, su espíritu luchador y su inteligencia lo destacaba entre quienes lo conocían. Aprendió a escribir, leer y a enfrentar el mundo con una sonrisa en su rostro. Terminó octavo básico en la escuela de Cambrales, y la enseñanza media la cursó en el Liceo de Yumbel. La situación familiar les había permitido comprar un auto para trasladarlo, hasta que después comenzó a viajar en un furgón.

Su mamá cuenta que en la época escolar siempre tuvo profesores u otras personas de los establecimientos que se encargaron de prestarle apoyo a su hijo en sus necesidades cotidianas. Por eso podía estar sin sus padres en el colegio.

 En ese intertanto nació su hermano menor, Darío, lo que implicó intercambiar los roles entre María y su esposo. Ella se quedó en Yumbel cuidando a su pequeño, y él asumió la responsabilidad de llevar a Sebastián a sus sesiones en la Teletón, las cuales continuaron hasta sus 24 años.

Cuando Sebastián salió de cuarto medio vino un nuevo desafío. Desde siempre, él había manifestado su claro y decidido deseo de continuar en la universidad, y se había preparado para ello. Por eso sus padres nunca dudaron que lo iba a conseguir.

Los problemas eran otros. “Nosotros decíamos cómo lo va a hacer. Eso nos preocupaba”, recuerda María.

Finalmente, los resultados de la PSU confirmaron que había conseguido entrar a la Universidad de Concepción para estudiar ingeniería comercial. De ahí en adelante, eso fue lo único que importó para su familia, aun cuando tuvieran que hacer cambios radicales en su forma de vida.

El primero de ellos fue que, al menos de lunes a viernes, iban a tener que vivir separados: María en Concepción junto a Sebastián y, en Yumbel, su marido con el hijo menor, en ese entonces, de menos de 10 años. Pero todavía quedaba por solucionar el tema de cómo iban a costear la estadía en la capital del Biobío. “Eso era un gasto grande para nosotros. Mi esposo trabajaba el campo y de eso vivíamos. No había un sueldo fijo y seguro con en el que se pudiera contar”, relata.

Consiguieron arrendar una pieza para ambos a una cuadra de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la UdeC, para facilitar los traslados de Sebastián, y ahí se instalaron. Planificaron una rutina que comenzó a dibujar el importante papel que María iba a tener en esta nueva etapa de la vida de su hijo. Tal como ocurre hasta hoy, se trasladaban juntos a la universidad y ella se mantenía en los alrededores esperándolo. “Lo dejaba ubicado con su computador en su sala de clases, y luego me quedaba cerca, pendiente por si me llamaba, sobre todo, para los traslados dentro de la facultad”.

Recuerda que esa unidad en aquellos tiempos no contaba con un ascensor, por lo que, para ir a las clases en los pisos superiores, Sebastián era subido con una especie de grúa. “Luego postularon a un proyecto para tener ascensores, y ahí ya las cosas se hicieron más fáciles”, rememora María.

Los amigos que su hijo hizo en ese periodo fueron de mucha ayuda, tanto en situaciones cotidianas como académicas. “A veces ellos lo ayudaban a trasladarse de sala, y después solo me avisaban cuando tenía que ir a buscarlo. Eso me daba tiempo para hacer mis cosas”.

El asunto académico nunca fue una preocupación, porque la trayectoria de buen estudiante que en la enseñanza básica y media forjó Sebastián, se replicó sin problemas en la educación superior. En las épocas de exámenes, la biblioteca era el lugar donde estudiaba por largas horas junto a sus compañeros, hasta pasadas las nueve o las diez de la noche, pero lo hacía confiado, porque sabía que a pocos metros estaba su mamá, esperándolo para regresar juntos a su hogar, con eso mismo apoyo silencioso que hoy le brinda en su labor de profesor.

Con el paso del tiempo, ella fue encontrado formas ingeniosas de generar un ingreso para la familia. “Me hice amiga de una señora que vendía sopaipillas cerca de la facultad. Ella a veces me dejaba encargado su negocio, y me dedicaba a eso. Después me instalé al lado de ella a vender golosinas”, cuenta.

Durante los cinco años que duró su carrera universitaria, Sebastián mantuvo su excelencia académica, lo que lo llevó a graduarse exitosamente como ingeniero comercial. Su anhelo de seguir creciendo lo motivó a buscar oportunidades de posgrado. En esa nueva aventura, su mamá siguió siendo su pilar. Hizo un magíster en Educación, con lo que fue sentando las bases para su carrera como docente. Una vocación que se inició como ayudante de algunas materias, y que luego le permitió ser profesor ayudante y después pasar a dictar él solo algunas asignaturas, primero en la UdeC, y luego en la UDD.

Actualmente, Sebastián Cid cursa un doctorado en Economía de Negocios en la Universidad del Desarrollo. Ya va en el tercer año. Paralelamente estudió inglés, francés, y hoy el alemán es su nuevo desafío.

 Como parte de ese programa, debe dictar algunas asignaturas en la carrera de ingeniería comercial y también viajar por clases a Santiago, donde María sigue siendo su compañía.

Los fines de semana usualmente viajan a Yumbel, y el lunes regresan a Concepción. Es el padre quien se encarga de esos traslados. El hermano menor, actualmente de 20 años, también entró a la universidad. Estudia Medicina Veterinaria y vive con ellos en el departamento que ahorra arriendan, a unas ocho cuadras de la Universidad del Desarrollo.

Llegaron lejos

10 años han pasado desde el primer día de universidad de Sebastián. María hoy tiene 57 años, y en esta última década no ha habido un día en que no lo haya acompañado en su travesía académica. Son uno, y su complicidad trasciende las palabras, por eso no sorprende que ella pueda comprender sus necesidades con solo una mirada.

-¿Quiere agua?, le pregunta.  Él solo sonríe y asiente.

Termina el tiempo de descanso entre clases, y Sebastián se va nuevamente al aula. Su mamá se sienta en una banca afuera del salón a esperarlo.

“Nunca pensé que iba a llegar tan lejos”, dice ella.

-¿Y qué viene después del doctorado?

-“No lo hemos hablado”, dice. Y agrega: “Yo solo le pido al señor que me dé fuerzas, para seguir apoyándolo”.

 

 

 

 

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