“Mi papá (Pablo Escobar) me mostró el camino que no hay que recorrer”

/ 9 de Septiembre de 2025

Hijo de uno de los narcotraficantes más poderosos y temidos de la historia, Juan Pablo Escobar -también conocido como Sebastián Marroquín- creció con una dura contradicción: el cariño de un padre presente y amoroso, y la realidad de que ese mismo hombre causó un daño enorme a miles de personas. Esta dualidad marcó su vida desde la infancia. Hoy, convertido en arquitecto, conferencista, escritor y activista por la paz, recorre el mundo compartiendo su historia. A través de sus charlas y libros, transmite un mensaje firme: “Se puede elegir una ruta diferente”. Su testimonio busca alejar a los jóvenes de las drogas, desmontar la narcocultura y fomentar la reconciliación y el perdón.

Por Pamela Rivero J.

Juan Pablo Escobar Henao es el primogénito de Pablo Escobar Gaviria. Tras la muerte del líder del Cartel de Medellín, en 1993, partió junto a su madre y a su hermana menor al exilio, pues en Colombia sus vidas corrían peligro. Se establecieron en Argentina, donde por razones de seguridad, sus identidades fueron modificadas legalmente por el gobierno colombiano. Él pasó a llamarse Sebastián Marroquín, y vivió en el anonimato hasta que, a fines de los noventa, la prensa reveló su verdadero nombre.

Actualmente, combina su labor como arquitecto con una activa agenda internacional de conferencias. En cada espacio, transmite un mensaje firme de rechazo a las drogas, a la narcocultura y a todo tipo de violencia.

A comienzos de septiembre llegó hasta Concepción para reunirse con más de 800 estudiantes secundarios en una actividad organizada por la Fundación Lo Que De Verdad Importa y la Universidad San Sebastián. Allí relató parte de su vida, poniendo énfasis en un aprendizaje que aún conserva: “El verdadero valiente es el que no consume drogas”. Una frase que, paradójicamente, escuchó desde niño de un padre que llegó a transformarse en el narcotraficante más buscado del mundo.

“Yo vivía una realidad en la que si pedía droga y una pizza, seguramente llegaba primero la droga. Hasta hoy me la siguen ofreciendo, pues como soy el hijo de Pablo Escobar, dicen ‘seguramente este ya se consumió todo’. Esa información temprana y oportuna que yo tuve me permitió mantenerme alejado por completo de todas estas tentaciones y de estas adicciones”, asegura.

Durante su charla, Juan Pablo Escobar recuerda la vida de lujos desmedidos que marcó su infancia en la mítica hacienda Nápoles junto con su familia, rodeados de un zoológico privado con 1.200 especies; aviones, pista de aterrizaje, 26 lagos artificiales y terrenos que parecían no tener fin. Sin embargo, contó que esa imagen -que es la que se suele mostrar en las series- fue solo una parte de la historia. Lo que rara vez se dice, subrayó, es el costo humano que hubo detrás de todo aquello. Esa cara oculta, marcada por la violencia, la pérdida de seres queridos y la constante amenaza de muerte, es para él la verdadera herencia de su padre. Por eso insiste en advertir a los jóvenes que el supuesto “éxito” construido desde la criminalidad no es más que un espejismo. Y lamenta que las ficciones basadas en la vida de Pablo Escobar suelan centrarse solo en el poder, el lujo y el carisma del personaje, y no en las consecuencias reales de esa vida. Le habría gustado que también mostraran los momentos de angustia y precariedad que vivieron cuando debieron permanecer por meses escondidos de la policía o huir de las amenazas de carteles rivales. “Teníamos no sé cuántos millones de dólares tirados por toda la casa. Yo estaba con el hombre más rico del mundo, pero sin ninguna comodidad, con los techos llenos de goteras, sin la posibilidad de salir a comprar comida, con los pisos de tierra, a veces hasta sin ventanas, lo que me demostró que la riqueza no servía de nada sin libertad ni seguridad”, rememora.

-La historia de tu padre se hizo mundialmente conocida a través de las series que se hicieron sobre él, donde muchas personas se encantaron con el carisma el personaje.

“Es que eso generó la serie, y fíjate qué paradoja, El patrón del mal fue escrita por víctimas de mi padre. De hecho, Juana Uribe, hermana del asesinado candidato a la presidencia en Colombia, Miguel Uribe, fue una de las escritoras de la serie. Y mi padre fue uno de sus victimarios: atacó a su familia y secuestró a su mamá. Es decir, una historia muy delicada. Entonces yo estoy segurísimo de que la intención de ellos nunca fue hacer propaganda de Pablo Escobar”.

-¿Y qué pasó?
“Creo que no lograron su objetivo y terminaron haciendo una versión que mezcla a Pablo Escobar con Betty la Fea: una historia en la que se banaliza la violencia, se genera simpatía sobre el personaje que no es para nada la persona que yo conocí. La gente no tiene punto de comparación, yo sí”.

-¿Por qué consideras que no lo representaron adecuadamente?
“Porque el personaje es más ordinario, más chabacano, más inculto y grosero, muy lejos del Pablo que yo conocí”.

Leal, pero no fiel a sus pensamientos

– ¿Cuál es el recuerdo más íntimo y personal que tienes de tu padre?
“Que fue un buen padre conmigo, así es como lo recuerdo: un papá muy amoroso, en un entorno de mucha violencia”.

-¿Cómo vivías esa dualidad de tener un papá cariñoso y protector, pero al mismo tiempo responsable de tanto daño?
“Esa fue una contradicción como tantas otras a lo largo de su vida. Un tipo que construía centros deportivos para alejar a los chicos de la droga, precisamente con dinero proveniente del narcotráfico. Esa dualidad fue una constante en nuestra vida”.

-¿Llegaste a ser crítico con él?
“Yo fui y aún sigo siendo muy crítico de él, pero nunca dejé de lado el amor, porque también soy quien soy por los valores que me inculcó, aunque él no los practicaba. Fui, de alguna forma, leal a él, pero no fiel a sus pensamientos”.

"Hijo, soy un bandido"

Cuando tenía siete años, Juan Pablo Escobar supo que su padre no era un empresario exitoso ni un político prometedor, sino un delincuente.

Dos años antes, el ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, había destapado los nexos de Pablo Escobar con el narcotráfico. Hasta entonces, el “capo” mantenía la fachada de exitoso empresario y de político en ascenso, pues en 1982 había llegado a la Cámara de Representantes como suplente de otro congresista. Las denuncias de Lara revelaron su papel en el Cartel de Medellín y en otros negocios ilícitos, y poco después el diario El Espectador, dirigido por Guillermo Cano, reflotó una nota de 1976 que relataba la detención de Escobar y su primo Gustavo Gaviria mientras transportaban casi 20 kilos de cocaína. Aquellas revelaciones derrumbaron la máscara de respetabilidad que había cultivado: fue expulsado del Congreso, Estados Unidos le canceló la visa y comenzó su vida en la clandestinidad. Su venganza no se hizo esperar. En 1984 ordenó el asesinato del ministro Lara y, dos años después, hizo lo mismo con el director de El Espectador.

En ese contexto le reveló su verdad a Juan Pablo: “Tenía siete años, y un día me toma y me dice, ‘hijo, yo soy un bandido. Y a eso es a lo que me dedico’. Esas fueron sus palabras textuales”.

-¿Recuerdas qué pasó contigo en ese momento?
“Cuando tienes siete años y escuchas la palabra bandido, pues te imaginas a un tipo en un caballo, robando un banco, con un antifaz. Nunca se te pasa por la cabeza que tu padre podía ser el director de una organización criminal que terminó siendo una de las más peligrosas del siglo pasado”.

-Pero después sí entendiste. ¿Alguna vez llegaste a pedirle directamente que dejara atrás toda esa violencia?
“Miles de veces, pero se justificaba, decía que él solo estaba devolviendo lo que le habían hecho. Y siempre creía que tenía la razón. Yo nunca compartí eso. A veces le decía, pero entonces no pongamos bombas, y él me respondía: ¿se te olvidó que la primera bomba fue contra ti y tu mamá?”. Eso, en alusión al atentado con coche bomba que sufrió la esposa y los hijos de Pablo Escobar en el edificio Mónaco, el 13 de enero de 1988 cuando fueron detonados 20 kilos de dinamita frente al inmueble, por orden de uno de los líderes del Cartel de Cali.
”Tres años después, en 1991, vimos por televisión que había explotado una bomba en la salida de la Plaza de Toros, en La Macarena (Medellín), y que habían muerto 23 personas. Mi papá estaba detrás de ese atentado. Le dije, pero a ese lugar van nuestros familiares y nuestros amigos. Podrías haber matado hasta a tu propia mamá, porque a ella le gusta la fiesta taurina. Yo dije, bueno, por ahí con esto sí le toco el corazón y puedo persuadirlo de que no está bien”.

-¿Y qué respondió?
“Me dijo: ‘hijo, guerra es guerra, y se morirá el que se tenga que morir’. Ahí yo pensé, no hay mucho más que hacer”.

-¿Alguna vez él quiso que fueras su heredero en el Cartel de Medellín?
“Él nunca quiso que yo formara parte de su violencia. Es que si amas verdaderamente a tu hijo no quieres que sea parte de ese infierno”.

-Tú también podrías haberlo escogido.
“Todos los días puedo. Hoy o mañana también. Pero hace 30 años elegí no hacerlo”.

"¿Y tú por qué nos pides perdón?"

A través del documental Los pecados de mi padre, Juan Pablo Escobar abrió un espacio para pedir perdón a los hijos, familiares y allegados de personas asesinadas por órdenes de su progenitor. Un gesto que no estuvo exento de críticas, como las de la familia Cano y de algunos analistas en Colombia que lo consideraron como un perdón tardío o incluso como un intento de limpiar la imagen de Pablo Escobar.

Él ha respondido que el perdón no es olvido, sino una manera de sanar heridas y cortar el ciclo de odio, resentimiento y venganza.

Desde entonces, ha conversado cara a cara con más de 150 familias víctimas de su padre. Entre ellos, los hijos del ministro Lara y del candidato presidencial Carlos Galán. Muchas de ellas, según él, lejos de rechazarlo, lo sorprendieron al agradecerle el gesto. “¿Y tú por qué nos pides perdón?”, le preguntaban. Y su respuesta ha sido clara: “Si no soy yo, ¿entonces quién lo hará?”.

-¿Cómo es para ti vivir siendo el hijo de Pablo Escobar?
“Siempre lo complica. O sea, no la facilita, pero no ando victimizándome tampoco. Entiendo que es parte de lo que me tocó. A cada uno le correspondió una historia, una vida, un apellido. Cada uno tiene en frente su propio monte Everest, y cada uno verá cómo lo escala o si lo quiere escalar o no. Pero lo que he hecho es seguir adelante, independientemente de los obstáculos y de los prejuicios sociales que hay”.

– ¿Cuál es la mayor lección que te dejó tu papá?
“Mi papá me mostró el camino que no hay que recorrer. Con eso alcanza”.