Patricia de Bernardi, la emprendedora argentina que hizo de cada desafío un nuevo comienzo

/ 6 de Noviembre de 2026

Llegó de Buenos Aires a Concepción a los 24 años. Estudió Derecho, trabajó en la pesca artesanal, exportó algas y, en medio de una compleja situación familiar y económica, creó El Closet de Julieta. Hoy, a través de sus iniciativas comerciales y sociales, conecta a cientos de emprendedoras y contribuye a fortalecer las redes de mujeres migrantes en el Biobío.

Patricia de Bernardi habla fuerte, se ríe con facilidad y acompaña sus relatos con gestos que parecen darle todavía más vida a cada recuerdo. Salta de una historia a otra, intercala anécdotas y, cuando encuentra algo que le entusiasma, acelera el relato. Tiene 58 años y una trayectoria donde hay varios comienzos, cambios de rumbo y negocios que nacieron cuando las circunstancias no dejaban demasiado espacio para esperar.

Es argentina, de Buenos Aires, y llegó a Concepción a los 24 años, por amor. Había estudiado dos años de Derecho en la Universidad de Mar del Plata y conocía Chile por su entonces novio, un penquista con quien se casó al año siguiente. Lo que imaginaba como el inicio de una nueva vida pronto se convirtió en un desafío. No tenía documentación para trabajar y los trámites migratorios de aquella época podían prolongarse durante meses. Mientras esperaba, acompañaba a su marido en sus actividades en el sector de la pesca artesanal y aprendía observando. Desconocía en ese entonces que aquella  inquietud, años más tarde, marcaría, y para bien, su destino.

Ese tiempo también estuvo cruzado por la distancia con sus afectos, las costumbres y los lugares que había dejado del otro lado de la cordillera. Una experiencia que se reconoce como síndrome de Ulises, asociado al duelo migratorio. Sin embargo, no se quedó detenida en esa nostalgia. Cuando vio que era difícil poder trabajar en Chile, “básicamente porque mis papeles no lo permitían”, decidió estudiar.

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En 1993 entró a Derecho en la Universidad San Sebastián de Concepción. Recuerda que fue una de las primeras estudiantes extranjeras de esa casa de estudios y, según dice, la primera de su sede. “Éramos una monja y yo, como no tenía rut, me inventaron una manera de identificarme. Era la alumna 0000-0”, rememora.  Estando en quinto año, se separó y sus prioridades y necesidades cambiaron. La falta de pago de la pensión alimenticia para sus dos hijos pequeños la enfrentó a una decisión determinante. “Tuve que elegir entre trabajar para sobrevivir o continuar estudiando, pero esto último significaba entregarles a los niños a su papá, porque sola y sin ayuda económica no podía criarlos”, relata. Eligió trabajar. Primero fue procuradora en el estudio jurídico de uno de sus profesores y, posteriormente, encontró una oportunidad en un rubro que ella conocía, pero que no estaba tan dispuesta a aceptarla de buenas a primeras: la pesca artesanal.

Durante sus primeros días, tuvo que ganarse la confianza de los pescadores. Las conversaciones que mantuvo con ellos y, sobre todo, el motivo que la llevó a trabajar allí terminaron por cambiar esa percepción. “Yo estaba ahí porque necesitaba darles de comer a mis hijos. Creo que eso fue tan clave para ellos que siempre me protegieron”, recuerda. Con el tiempo, esa protección se tradujo también en palabras de apoyo: “Usted siempre va a tener una pega, siempre va a tener espacio aquí. No se preocupe, nosotros acá la cuidamos”, le aseguraron. Y así diseñó su primer emprendimiento: durante 12 años se dedicó a comprar algas a recolectores de orilla, procesarlas y exportarlas a Japón, Corea y Taiwán.

Con esa actividad pudo pagar los colegios de sus hijos, el dividendo y mantener los gastos de la casa. “Nunca me faltó el pan en la mesa”, afirma. También generó trabajo para otras mujeres, tanto recolectoras de orilla como trabajadoras de su planta procesadora.

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Después de esa etapa formó una nueva familia con Pablo, un oficial de la Armada chilena, de cuya unión nació su tercera hija. Dejó su emprendimiento con las algas y se fue junto a él y a su familia a vivir en la Base Naval, en Talcahuano. Su mundo nuevamente cambió, pero había un bichito que no la dejaba tranquila. Pensó cómo canalizar esas ganas de hacer cosas y se dedicó a impulsar actividades culturales y sociales en “la base”, pero la enfermedad de su marido, un cáncer cerebral, volvió a cambiar sus prioridades. Por 10 años lo acompañó en un largo proceso de tratamientos y cuidados. La institución le dio de baja por salud incompatible con el cargo,  y la familia tuvo que enfrentar una nueva mudanza y mayores dificultades económicas.

La pensión de Pablo alcanzaba para cubrir sus gastos, pero no los de toda la familia. Sus hijos estaban creciendo y algunos comenzaban sus estudios universitarios. Patricia volvió a conectarse con aquella mujer que había encontrado una salida en la pesca artesanal. “Ahí dije:  vuelvo a emprender”.

Así nació El Closet de Julieta.

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La idea había comenzado a rondar su cabeza después del terremoto y tsunami de 2010, cuando imaginó un espacio que pudiera reunir a los emprendedores afectados por la catástrofe y a quienes comenzaban a abrirse camino en el mundo de los negocios. La empresa se constituyó en 2013.

Los primeros años no estuvieron exentos de tropiezos. Recuerda especialmente una edición navideña que terminó con pérdidas, porque no evaluó que era difícil competir con el crédito del retail y de las grandes tiendas. Pero no abandonó. Volvió a intentarlo y continuó desarrollando encuentros comerciales y otras actividades.

Con el tiempo, El Closet de Julieta se convirtió en un espacio de comercialización, aprendizaje y visibilización para pequeñas empresas, muchas de ellas lideradas por mujeres.

Calcula que por sus ferias han pasado cientos de marcas y destaca especialmente a quienes encontraron allí una oportunidad para probar sus productos y conocer la respuesta del mercado. Recuerda, por ejemplo, a una emprendedora de cosmética que comenzó elaborando sus productos en una olla en su casa y que agotó su primera línea durante el lanzamiento en El Closet de Julieta. Hoy exporta todos sus productos.

La pandemia también la obligó a reinventarse. Cuando los espacios feriales cerraron, creó El Closet de Julieta On Tour, una modalidad que lleva pequeñas ferias a congresos, festivales y otros encuentros. La propuesta incluye una selección de marcas relacionadas con la temática de cada actividad y ya se ha extendido a distintas comunas del Biobío y a la región de Ñuble.

Su trabajo tampoco se limita al ámbito comercial. Como presidenta de la agrupación Argentinas en Concepción, ha contribuido a fortalecer las redes de apoyo entre mujeres migrantes y distintas comunidades extranjeras.

Durante la pandemia colaboró en las gestiones  para que argentinos que habían quedado varados en Concepción pudieran regresar a su país, coordinando buses, aplicación de PCR y permisos para facilitar su salida de Chile y la entrada a Argentina.

Una de las iniciativas de aquella época que más la marcaron fue el Ropero Migrante.  La idea surgió mientras observaba las largas filas que se formaban afuera de Extranjería, frente a la Plaza de la Independencia, en Concepción. Entre quienes esperaban había una mujer que comentó que Chile era un infierno porque nunca había sentido tanto frío. Patricia recuerda que, junto a otras mujeres de su agrupación, solían llevarles café, té y algo dulce para comer. “Al ver a tantas personas esperando, se nos ocurrió que podíamos hacer algo más. Entonces organizamos una campaña para reunir ropa de invierno: parcas, chaquetas, chalecos, todo lo que pudiera servirles”, relata.

Convocó a las visitantes de El Closet de Julieta a donar abrigos y prendas que ya no utilizaran. La respuesta fue amplia y permitió habilitar un espacio donde las personas migrantes podían escoger lo que necesitaban. “Y era como un shopping. Venían y sacaban una parca, dos parcas. Y fue muy ordenado también”, recuerda. Para ella, lo importante era que la ayuda se entregara con respeto: “Fue con dignidad”, enfatiza.

Reconoce que le duele escuchar que los migrantes llegan a quitarles oportunidades a los chilenos. Su propia experiencia, sostiene, demuestra lo contrario. “Yo me creé el trabajo. No es que alguien haya dejado de trabajar por mí”, plantea. Y agrega que, a través de El Closet de Julieta, ha contribuido a generar oportunidades para otras personas y a fortalecer el ecosistema de pequeñas empresas.

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Hoy, cuando las urgencias económicas que marcaron buena parte de su vida quedaron atrás, busca desarrollar iniciativas que también la llenen en lo personal. Organiza tertulias culturales sobre mujeres de la historia, como Isidora Goyenechea y Javiera Carrera, y continúa impulsando nuevas modalidades de comercialización.

Ahora intenta compartir esa experiencia con otras mujeres que atraviesan dificultades económicas, especialmente con aquellas que deben compatibilizar el trabajo con las responsabilidades de cuidado. “El mundo del emprendedor es muy solitario”, advierte. Por eso valora las redes, la colaboración y la posibilidad de que ellas encuentren en otras un apoyo para seguir avanzando.

Cuando se le pregunta cómo se define, responde sin demasiadas vueltas: “Soy una mujer, soy madre, soy abuela también, y soy una emprendedora serial”. Y cuando imagina cómo podría resumir su paso por la vida, propone una frase para su epitafio que tiene mucho de su personalidad: “Patricia vino, hizo y se fue”.  Aunque por ahora sigue haciendo.