El reportaje de Chilevisión que expuso la red de cuentas anónimas dedicadas a hostigar y difamar principalmente a las candidatas presidenciales Evelyn Matthei y Jeannette Jara es mucho más que un escándalo coyuntural: es una comprobación de cómo la desinformación se activa en los momentos de mayor atención pública, tal cual sucede hoy en este periodo de campaña electoral.
En la vorágine mediática, el caso ha sido descrito erróneamente como un escándalo de “bots”. Conviene hacer una precisión: un bot es un programa informático que automatiza tareas en entornos digitales. En redes sociales puede publicar, compartir o seguir cuentas sin intervención humana. Su fin es amplificar mensajes y simular un apoyo mayor al real. Pero lo que vimos en este caso fueron principalmente trolls, es decir, personas que, parapetadas en el anonimato, difunden mensajes falsos, ofensivos y provocadores. La confusión no es menor, porque la diferencia entre un software y un operador humano radica en la intencionalidad. Los trolls buscan provocar reacciones emocionales y así alimentar la viralización de teorías conspirativas. Al hacerlo, no solo dañan a quienes atacan, sino que desvían la atención hacia escándalos prefabricados, para desplazar a un segundo plano los temas realmente relevantes, así como ya sucedió en procesos electorales pasados.
“La democracia se erosiona cuando la mentira circula más rápido que la verdad. Por eso, lo urgente hoy no es solo condenar a quienes diseñan estas ofensivas, sino fortalecer las defensas colectivas: medios responsables, periodistas atentos y, sobre todo, ciudadanos alfabetizados que no caigan en la trampa de los trolls ni de ningún tipo de manipulación”.
Ese eslabón demuestra que la desinformación es parte de la nueva realidad de la era digital, y que incluso con el tiempo se ha sofisticado y normalizado, hasta convertirse en un actor más de la disputa política.
Por eso es que hoy la pregunta no debería solo saber si podemos erradicarla, sino cómo enfrentarla. La respuesta apunta a un eje central: la alfabetización mediática e informacional (AMI), que es la capacidad de acceder, analizar, evaluar y crear información de manera crítica y ética a través de distintos medios y plataformas. Esto incluye habilidades para identificar noticias falsas, comprender el funcionamiento de los medios y usar la información de manera responsable. En resumen, procurar una ciudadanía formada para reconocer la manipulación digital, distinguir, por ejemplo, entre un bot y un troll, y cuestionar críticamente lo que consume en redes sociales, lo que le permitirá estar mejor preparada para defenderse de estas campañas de odio y confusión.
La democracia se erosiona cuando la mentira circula más rápido que la verdad. Por eso, lo urgente hoy no es solo condenar a quienes diseñan estas ofensivas, sino fortalecer las defensas colectivas: medios responsables, periodistas atentos y, sobre todo, ciudadanos alfabetizados que no caigan en la trampa de los trolls ni de ningún tipo de manipulación.

